Feliz de otra manera

Amanecí cansada de tanto andar, de dar vueltas sin saber a dónde ir. Levanté la mirada al cielo. No buscaba la aprobación de Dios, si es que existe; solo quería dejar de llorar. Tenía el alma agotada.

Quería gritarle a la vida que ya no podía más. Respiraba a medias y me sentía ausente de mi propia historia. Buscaba fuerzas para ponerme de pie, aunque no sabía si estaba lista para continuar. Mi única certeza era que no quería que mi camino terminara ahí.

¿Qué camino debía seguir? No lo sabía. Pero pensar que podía ser uno nuevo despertó mi curiosidad.

Hoy vuelvo la mirada hacia la mujer que me observa desde el espejo. Me busco y trato de conocerme sin juzgarme. Veo que mi cuerpo ha cambiado. Cierro los ojos, respiro hondo y descubro que el cansancio empieza a ceder.

Mis oídos se han vuelto más sensibles: escucho sonidos que antes no percibía. Mis ojos miran de otra manera. Incluso mi forma de hablar comienza a cambiar.

Jamás me había sentido así. Es una felicidad distinta, lejos de la euforia y más cerca de la serenidad. Me encuentro con la mujer del espejo y vuelvo a reconocerme en ella. Hay otros colores en mi vida. No necesito compararlos con los de antes; me basta con aceptar que son diferentes.

Me siento tranquila. Poco a poco acepto que no puedo controlarlo todo. Quiero dejarme llevar por la vida y disfrutar cada instante. Aún no sé si me toca despertar o aprender a soñar.

Porque el dolor de tu partida me dejó ciega. No pude ver lo maravilloso que fue compartir contigo un tramo de mi historia. Me entregué a la agonía de vivir sin ti y te odié tanto por haberte ido que olvidé algo esencial: mientras estuviste aquí, me ayudaste a construir mis propias alas.

Deja una respuesta