Sergio
Sala de espera 3 de la Terminal 2 del aeropuerto. El vuelo AA505 ha cambiado de verde «A tiempo» a rojo «Cancelado».
El parpadeo rojo en la pantalla de la sala de embarque me revuelve el estómago: «Vuelo Cancelado». La voz de la agente de la aerolínea no se escucha con claridad; lo único que queda claro es que ha confirmado mi desgracia. Al parecer, ocurrió un accidente en el aeropuerto de Miami lo han cerrado por el resto del día.
Fantástico. Simplemente fantástico. Siento una oleada de rabia y miro a mi alrededor buscando con quién compartir mi frustración. Los otros pasajeros se ven contrariados, pero no sé por qué nadie está reclamando. Si Daniel y los otros estuvieran aquí, ya estaríamos haciendo chistes o armando un plan B. Pero, claro, ellos cancelaron a última hora.
«¿Tú sí vas a ir, Sergio? Perdón, wey, sí me duele perder lo del boleto del avión, pero salió un tema de la chamba», me dijeron.
Claro, es fácil decirlo para ellos, que se quedaron en casa. Yo, con los gastos imprevistos que he tenido últimamente, no me podía dar el lujo de perder mi dinero. Además, son los días que tengo libres en la oficina. ¿Qué iba a hacer de vacaciones encerrado en mi depa? Prefiero estar encerrado en el Airbnb de Miami. Tampoco es que sea complicado; pensaba ir a la playa de siempre, pasarme por el bar que está cerca e ir a los mismos restaurantes a los que hemos ido en otras ocasiones, todos en bola. Lo que me enoja es este día perdido en el aeropuerto.
Les comento en el grupo de WhatsApp lo sucedido y, tal cual me lo esperaba, llegan las burlas. Después me arrepiento de haberles contado lo que pasó, porque quedé como el idiota que no quiso cancelar y ahora, al parecer, de todas formas voy a perder dinero.
Trato de aminorar mi frustración y les invento que, para mi buena suerte, puedo cambiar el vuelo para el día que yo quiera. Les escribo que solo ellos han perdido dinero, que yo ya tengo mi boleto asegurado para cuando retomemos el viaje.
Mientras termino de mandar este mensaje, veo cómo todos comienzan a formarse, así que rápidamente tomo mi mochila del piso y me sumo a la fila del mostrador. Sin apartar la vista de la pantalla del teléfono, sigo leyendo los mensajes en el grupo.
Cuando por fin es mi turno, la agente de la aerolínea, con una sonrisa un poco forzada que sinceramente me genera desconfianza. A ver con qué me van a salir ahora. Le voy a exigir que me cambie mi boleto por uno abierto.
—Señor, por la cancelación podemos reprogramar su viaje para mañana, tenemos un vuelo a las cuatro de la tarde. O, si lo prefiere, nos queda un último asiento disponible para un vuelo inmediato a la ciudad de Nueva Orleans, con hotel y viáticos pagados por nosotros. Es una ciudad hermosa, ¿le interesa?
Miro el boleto que me ofrece. El nombre de la ciudad me resulta completamente ajeno. Sí lo he escuchado porque un equipo de futbol americano es de ahí, pero no tengo ni idea de qué hay en esa ciudad. Ninguno de mis amigos ha ido. ¿Qué chingados haría yo ahí? La idea de ir a Miami solo me parecía un pinche plan B, solo y en una ciudad equis…¡No mames!
—¿Y el clima allá cómo está? ¿Qué categoría es el hotel? ¿Hay playa? —interrogo a la chica de la aerolínea, sintiendo cómo el pulso se me acelera. En verdad estoy alterado—. ¿Sabe qué? Lo que me deberían dar es un boleto abierto para viajar a Miami cuando yo pueda.
—Lo entiendo, señor. Pero no fue un problema de la aerolínea; lo que estamos ofreciendo es reubicarlos en otro vuelo para mañana, ya sea con nosotros o con una aerolínea asociada. Nueva Orleans es una ciudad muy cultural, ahora mismo hay un festival de Jazz. Pero necesito su respuesta, hay una fila larga detrás de usted.
Vuelvo a mirar el nombre en el pase de abordar. Una parte de mí siente un chispazo; la fantasía de regresar y decirles a todos: «Me desvié del mapa y terminé en Nueva Orleans». Sonaba genial. Pero entonces me cae encima el peso de la realidad. ¿Una ciudad desconocida a la que voy completamente solo? ¿Y si el hotel es una porquería? La playa de Miami la conozco perfectamente, y están los bares a los que siempre vamos. Ya sé cómo moverme. Aunque salir mañana a las cuatro significa perder otro día de mis vacaciones. ¡Chale! ¡Qué mal! No sé qué hacer. Ir a este lugar nuevo implica demasiados riesgos. Además, ¿qué tal si alguno, ya viendo que el vuelo es mañana, se anima a venir a Miami?
La agente me mira fijamente, impaciente.
Siento la presión de las miradas de los otros pasajeros que están detrás de mí en la fila. ¡Qué calor! El sudor me corre por la nuca. Exigir certezas a esta mujer que se ve más perdida que yo, me resulta una estupidez y una pérdida de tiempo, pero me parece muy loco arriesgarme a cambiar de destino así como así.
—No, ¿sabe qué?… quiero mi boleto abierto —digo, tratando de sonar firme, aunque la voz me tiembla un poco—. En todo caso, prefiero esperar al vuelo de mañana, lo más temprano posible o, al menos, en el horario de este.
Luego añado, en tono sarcástico:
—Dejo el asiento libre para otro «aventurero».
Me entrega un papel con la confirmación del cambio para el vuelo de mañana. No me ha hecho caso y me ha dejado en el de las cuatro de la tarde. Prácticamente le arrebato el papel y salgo de la fila. ¡Qué frustración, qué terror! ¡Este viaje ya se había apestado desde que ellos cancelaron!
Al girarme, el tipo que venía detrás de mí parece no haberle importado lo sucedido, se ve tranquilo. Escucho que le dice a la chica del mostrador que él acepta el cambio de destino. ¡Pobre wey! ¿Qué va a hacer en una ciudad si él iba para Miami también? Me río para mis adentros.
Regreso a las sillas de la sala de espera, abro el WhatsApp y empiezo a escribir:
«No se imaginan la porquería de aerolínea. Me querían mandar a un pueblo fantasma sin darme información. Pero los mandé a chingar a su madre y les exigí mi boleto para irme mañana a Miami. ¿Quién se une al plan? Capaz de que a ustedes también les pueden hacer válido el cambio y así ya no pierden su boleto. Puedo preguntar de una…»
Emilio
Sala de espera 3 de la Terminal 2 del aeropuerto. El vuelo AA505 ha cambiado de verde «A tiempo» a rojo «Cancelado».
El parpadeo rojo en la pantalla de la sala de embarque me sorprende: «Vuelo Cancelado». La voz de la agente de la aerolínea no se escucha con claridad; lo único que alcanzo a entender es que el vuelo se ha cancelado. Al parecer, ha ocurrido un accidente en el aeropuerto de Miami y lo han cerrado por el resto del día.
Miro mi reloj: es temprano, quizá haya otro vuelo a un aeropuerto cercano. Quejarme no va a hacer que lo abran. Miami tendrá que esperar. Desde hace días me estoy saboreando mis días de descanso. Y pensar que hoy no fui al gimnasio por llegar a tiempo al aeropuerto… Me molesta, claro, pero, ¿qué puedo hacer? Tomo mi maleta de mano y me dirijo con paso tranquilo hacia la fila que se está formando frente al mostrador.
A mi alrededor, el caos habitual: gente gritando, llamadas desesperadas. El tipo frente a mí prácticamente se ha metido en la fila; se nota muy molesto. Esta situación de por sí ya es tediosa, así que decido no decirle nada; no le veo objeto a discutir por estas tonterías. El hombre no para de teclear furioso en su teléfono, de bufar. Comparto su indignación. No lo sé, quizá tenía un compromiso importante allá. Solo retrocedo un par de pasos para esquivar su mochila.
Aprovecho la espera para guardar el libro que estaba leyendo mientras aguardaba el abordaje. Ahora tendré tiempo para acabarlo. Sonrío para mis adentros porque no era mi plan terminarlo hoy, y menos regresar a mi casa, pero al menos mañana, cuando viaje, ya no lo traeré ocupando espacio en mi maleta.
La línea avanza. Es el turno del hombre ansioso y ya casi me toca a mí. Escucho la oferta de la aerolínea: reprogramar el vuelo para mañana a las cuatro de la tarde o tomar el último asiento de un vuelo inmediato a Nueva Orleans, con todo pagado por la empresa. ¡Wow! Creo que nunca antes había escuchado que ofrecieran algo así.
¡Uy! Este tipo ya se puso pesado. Como si estas chicas pudieran hacer algo para que abran el aeropuerto. Aunque quién sabe, a lo mejor si le urge llegar. Yo voy de vacaciones. ¡Ya hombre decídete! le digo en mi mente.
¿Qué escogería yo en su lugar? Volver mañana para el vuelo de la tarde implica conseguir un taxi de regreso a casa y aguantar el tráfico de esta hora. ¡Uf!… Pero irme a una ciudad de la que bo sé nada… Tampoco lo tenía contemplado. En una de esas, vale la pena.
El hombre le arrebata el papel a la chica y se aparta del mostrador. Entonces, ¿dejó pasar la oportunidad del viaje todo pagado? Doy un paso al frente antes de que se arrepienta .
—Yo tomo ese asiento —digo, extendiendo mi pasaporte.
La señorita me mira, aliviada por la falta de drama.
—Es un destino cultural, señor. No está cerca de Miami. ¿Está seguro?
—Escuché que están ofreciendo hospedaje y algo de dinero para viáticos, ¿es correcto?
—Es correcto, señor. Si está seguro, acompáñeme para llevarlo a su sala de embarque. ¿Documentó alguna maleta?
—No, solo traigo esta maleta de mano.
Le sonrío. Por dentro estoy un poco nervioso. Ya dije que sí y ahora empiezo a pensar en los detalles: no conozco esa ciudad, ni siquiera sé si llevo ropa adecuada. Mientras sigo a la chica, hago una búsqueda rápida en mi teléfono. Parece que el clima va a ser parecido al que esperaba en Miami. Bueno, una cosa menos de qué preocuparme.
Leo un poco sobre el festival de Jazz y empiezo a entusiasmarme. ¡Uy! La oferta gastronómica también se ve genial. La suerte está de mi lado. Falta ver lo del hotel. Le pregunto a la chica si puedo saber cuál es.
-Le vamos a entregar un voucher, llegando al destino debe acudir al mostrador de la aerolínea para que le muestren las opciones.
Escuchar que tengo opciones me confirma que he tomado una buena decisión.
Voy a llamar a mi amigo para decirle que ya no me espere en Miami. ¿Cómo le explico que acabé con un boleto para Nueva Orleans? ¡Qué locura!
Esta mañana ni siquiera se me habría ocurrido ir para allá. Sigo leyendo sobre lo que espera al llegar.
Me entregan los comprobantes para canjear el hospedaje y los viáticos. Camino emocionado, con paso firme, hacia la puerta de embarque.
Entrego mi boleto en la puerta, cruzo el túnel de acceso y busco mi asiento en el avión. Saco mi libro, me acomodo para esperar el despegue. Todavía me cuesta creer que vaya rumbo a Nueva Orleans. No tengo idea de qué me espera al aterrizar, pero tengo ganas de averiguarlo. El viaje ha comenzado.


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