Ambrosía

-Hey, ¿estás bien?, ¿puedes abrir los ojos?

Tomó una bocanada de aire como si tuviera los pulmones vacíos, en un espasmo idéntico al de una violenta descompresión atmosférica: un golpe seco que lo obligó a arquear la espalda buscando oxígeno, como si acabara de resucitar en un entorno hostil.

-Mírame… ¿Puedes decirme lo que nos sucedió?- Le pregunté mientras me sujetaba de sus brazos.

-Mi mente estaba en blanco absoluto- respondió. Tengo un millón de imágenes proyectándose en la mente, pero no puedo describir ninguna de ellas -añadió confundido-. No las recuerdo ahora. No había indicios de memoria residual, ni un solo pensamiento enlazado en la corteza cerebral. Nada. Un vacío cognitivo perfecto que jamás había experimentado. Un vacío consciente, muy distinto al de un desmayo.

Tardé un tiempo en registrar que la gravedad volvía a ejercer fuerza sobre mi cuerpo y que mis pies, inexplicablemente, volvían a apoyarse en el suelo. En el momento que comenzó, sellándome la boca, era consciente de que había muchas personas en este lugar, pero, en cuestión de segundos, el universo entero parecía haberse congelado. Cuando menos lo pensé, todo desapareció. Comenzó a materializarse un nuevo ambiente, lentamente frío al principio, que poco a poco se transformó en un cálido sonido inaudible. Olvidé que seguíamos aquí, expuestos.

Me quedé ciego por un instante. Después voluntariamente, decidí no abrir los ojos; podía ver ondas de colores moviéndose a nuestro alrededor, como auroras boreales que se mostraban y se desvanecían rítmicamente.

El resto de los sentidos se agudizaron a niveles intolerables. Podía sentir el aire erizando cada uno de los vellos de mis brazos y piernas, y el latir acelerado del corazón en sintonía con otro beat que rebotaba externamente en mi pecho. Todos mis sabores favoritos se manifestaron juntos. Era imposible distinguir uno solo a la vez: un cambio constante entre agridulce, canela, rosa…

Hizo una pausa, sin entender por qué había dicho eso. Con voz baja y dubitativa, agregó:

-Dulce.

Al sentir la gravedad cero, mis manos corrieron a buscar de dónde sujetarse; corrían como si hubieran dejado de estar conectadas con los brazos. Avanzaban con prisa y cautela. En la oscuridad total, pude detectar sonidos y texturas con cada una de las huellas de los dedos.

Nuevamente hizo una pausa, pensando en lo que acaba de decir. No encontraba claridad en sus palabras; sin embargo, era tal cual lo recordaba.

Como si una imagen le hubiera venido de golpe, subió el tono de voz y, con total entusiasmo, como quien acaba de hacer un gran descubrimiento, dijo:

-Había un espacio estrecho frente a mí. Sentí una violenta necesidad de ocuparlo, como si alguien más estuviera tratando de hacer lo mismo. Quería ganar. Entonces comenzó la guerra. Una batalla salvaje y armónica. Dos monstruos chocaban, se enredaban y se soltaban continuamente, como en un loop infinito, con fuerza e ímpetu, pero sin querer hacerse daño en realidad. Se sentía la urgencia y la fricción. Los muros que contenían la batalla no intervinieron; parecían proteger la escena, actuando solo como testigos.

Guardó un momento de silencio, reguló su respiración y me miró fijamente a los ojos.

—No sé si tú lo viviste igual. Ahora que ya estoy un poco más tranquilo, veo que todos aquí nos miran de forma extraña – sonrió como quien se sentía triunfantemente descubierto-. Disculpa si no te he podido describir con claridad lo que he experimentado, pero es que ni yo mismo alcanzo a procesarlo. Sé que habíamos pospuesto esta experiencia por mucho tiempo. Quizá fue toda la tensión contenida. Este beso es lo más sublime que he experimentado. ¿Y tú? ¿Cómo ha sido el viaje para ti?

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