Todos los días dejo mi auto en un parque situado a unas cuadras del edificio donde trabajo. En esta ciudad es verano todo el año, así que aprovecho la sombra de los árboles para que, al regresar, la temperatura del auto sea agradable. Además, disfruto mucho de esos cinco minutos caminando hacia la oficina.
Hace como dos meses, me encontré en el camino a un pequeño gato. Tenía el pelo descuidado y una actitud desconfiada. Intenté acercarme, pero lo perdí de vista en cuanto trepó por una barda. Nunca antes lo había visto. A la salida del trabajo, empecé a buscar su rastro entre los autos y los árboles, hasta que mis ojos se encontraron con los suyos; se asustó y corrió.
Al día siguiente, de camino a la oficina, paré en una veterinaria y comenté lo sucedido. Me sugirieron comprar una transportadora y algo de comida para atraerlo. En un principio mi idea era solo ayudarlo, pero no había pensado en que, si lograba atraparlo, tal vez tendría que llevarlo a vivir a mi casa.
Nuevamente me estacioné en el parque, bajé del auto y, a unos cuantos pasos, lo vi. Estaba en posición de cacería, con las patas listas para saltar y la cola meneándose hipnóticamente, rozando el piso. No supe qué hacer; sentí que tenía que darme prisa. Saqué torpemente la transportadora del auto y el ruido debió espantarlo, porque cuando volteé ya se había ido.
En la oficina, Iván, un compañero de trabajo, me vio llegar con la transportadora vacía. Me preguntó curioso si tenía alguna mascota y de qué tipo era. Le conté sobre el pequeño gato y mi intención de ayudarlo. Me dijo que los gatos son adorables y que él tenía dos en casa. Me di cuenta de que en verdad amaba a sus animales, porque el resto del día, cada vez que nos encontrábamos, me platicaba sobre su comportamiento, las cosas que tendría que considerar antes de llevarlo a casa, la alimentación, la personalidad de algunas especies, etcétera. No cabía duda de que era un experto en la materia.
Al día siguiente, siguiendo sus consejos, dejé la transportadora lista en el asiento posterior del auto; no la bajé. Solo en caso de tener éxito y lograr atraparlo, ya estaba la puerta abierta para poder meterlo. Bajé del auto con la comida lista en las manos. Traté de caminar lo más natural posible, para no darle la impresión de que lo estaba buscando, ya que Iván me dijo que los gatos perciben eso. Ese día no le vi ni la sombra.
Al cruzar la puerta del edificio, quien me asaltó de sorpresa fue Iván. Brinqué un poco por el susto; no me imaginé que estaría esperándome en la entrada. Llevaba un libro y, con una enorme sonrisa, me lo regaló: «Ten, te va a servir mucho ahora que tendrás tu primer gato», me dijo. Agradecí el gesto y caminamos juntos hasta mi oficina. De camino le conté que esa mañana ni siquiera lo había visto. Se ofreció de manera amable a acompañarme por la tarde a mi auto para ver si teníamos suerte de encontrarlo. Le daba curiosidad saber qué tipo de gato era; yo traté de describírselo, pero como no sé de razas, no podría confirmar a cuál pertenece.
A la salida, Iván pasó por mí a la oficina y salimos caminando rumbo al parque en busca del gato. Comenzamos una charla casual sobre temas del trabajo y nos reímos de algunas anécdotas. De vez en cuando, él interrumpía nuestra plática haciendo ruidos extraños; supuse que eran para llamar al gato. No quise distraerlo, me parecía muy gracioso y tierno verlo haciendo eso.
Se agotó el camino y el gato nunca apareció. Al llegar a mi auto, me ayudó a abrir la puerta y, antes de despedirse, sin que yo me lo esperara, me invitó a cenar.
—¿Ahora? —le dije.
—Sí, ¿por qué no? Hoy es una tarde muy agradable, hay brisa y conozco un lugar muy lindo que te puede gustar —respondió. Así seguimos platicando, y acepté.
A partir de los días siguientes, todo cambió. Probé llegar un poco más temprano. Transformé la obsesión del rescate en un acto de cuidado silencioso: comencé a dejarle agua y comida, e incluso le armé un refugio para la lluvia usando la misma transportadora, a la cual le quité la puerta para que no sintiera miedo de entrar. Mis mañanas se transformaron; me levantaba entusiasmada para alistar su comida y salía de casa deseando ver al menos una señal de que estaba bajando la guardia.
Los gatos le temen a la urgencia, pero adoran la rutina. Fue solo cuando cambié mi estrategia que el vínculo real comenzó a existir. Dejé de buscarlo desesperadamente al bajar del auto. Simplemente tomaba mis cosas, caminaba hacia el rincón donde le depositaba la comida y después me sentaba en la banca del parque a leer, revisar mis correos o hacer algunas llamadas, ignorando deliberadamente su presencia.
Sentarme a la distancia comenzó a rendir frutos. Aprendí a mirarlo de reojo, a desviar la mirada y a regalarle parpadeos lentos para demostrarle que mis intenciones eran pacíficas. Y entonces, su curiosidad pudo más que su miedo. Se acercó porque yo ya no era un peligro, sino parte del paisaje. Me emocioné muchísimo, pero me contuve para no asustarlo. En cuanto terminé de recoger mis cosas, me apuré a llegar a la oficina; quería contarle a Iván todo lo que había sucedido. Estaba flotando de la emoción.
Esa tarde, Iván me invitó a su casa a cenar. Sus gatos eran muy amorosos, a pesar de ser la primera vez que me veían, me permitieron acariciarlos y cargarlos. -Quizá ya he aprendido algo sobre como dejar que ellos se acerquen a mi- le comenté sonriente. Durante la cena, le pregunté su opinión sobre si estaba cerca el momento de capturarlo y poder salvarlo. Sus palabras cambiaron por completo mi perspectiva:
—Él está perfectamente adaptado a su libertad. Así que deja de perseguirlo. No tiene sentido que lo lleves a tu casa —me dijo.
El resto de la noche lo pensé mucho. Ya en mi casa, a solas en la oscuridad de la habitación y abrazada a mi almohada, no podía dejar de pensar en el gato y en las palabras de Iván. Entendí que mi urgencia respondía más a mi propia necesidad que a la del animal.
Fue en ese momento cuando caí en la cuenta incómoda: mi urgencia por «salvarlo» no era del todo por el gato. En realidad, respondía más a mi propia necesidad de sentirme bien, de darle afecto y de llenar un espacio en mi vida.
Así que continué con mi rutina. Cuando pasaba por ahí, ya no importaba si se dejaba ver o no; el simple acto de ir y proveerle bienestar empezó a llenarme de una felicidad genuina y sin condiciones.
Y entonces ocurrió la paradoja: al verse ignorado, su curiosidad pudo más que su miedo. Un día, sin previo aviso, se acercó arrastrando las patitas y frotó sus mejillas contra mi libreta. En la psicología felina, ese marcaje es un honor supremo; te están declarando su territorio seguro. Se acurrucó en mi regazo, me dio la espalda para dormir —la máxima muestra de vulnerabilidad— y se marchó en cuanto quiso, sin que yo hiciera el menor intento por retenerlo.
El gato venía a mí porque sabía que ya no intentaría atraparlo. Entendí entonces que el amor, para que sea real, debe conservar siempre su propia vía de escape.
A veces conocemos a un ser que enciende una chispa inmensa en nuestro interior, pero las circunstancias dictan que no puede, o no debe, «entrar en nuestra casa». Ese pequeño ser peludo me mostró que el afecto que despertó en mí es un regalo en sí mismo. Aprendí que hay que construir refugios silenciosos para nuestros sentimientos, desearle el bien a quienes queremos y entender que la belleza de esa persona no nos pertenece. El amor verdadero, al igual que el gato de la calle, necesita conservar siempre su libertad para poder existir.


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