La persona equivocada

Esta mañana me desperté antes de que sonara la alarma. Llevaba mucho tiempo buscando un libro y, por más que había revisado sitios de venta de ejemplares raros y antiguos, no había conseguido encontrarlo. Meses atrás escribí a una librería de viejo de mi ciudad. Ya casi había olvidado aquel correo cuando anoche llegó su respuesta: tenían un ejemplar y podían reservármelo por un par de semanas.

¿Dos semanas? Yo apenas podía esperar a que amaneciera.

Aunque vivo en una ciudad pequeña, nunca he ido a ese barrio. Busco la dirección en el móvil, tomo mi bolso y salgo de casa. Me he arreglado como si fuera a una cita. La ilusión de encontrar el libro me hizo dedicarle más tiempo del habitual a mi aspecto.

Coloco el teléfono a la vista en el auto y comienzo a conducir. Dos calles más adelante me detengo para elegir la música que acompañará nuestro encuentro. Me río de mí misma. Todo lo relacionado con este libro me despierta una alegría pueril.

Al llegar al barrio, bajo la velocidad. Los árboles cubren parte de la calle y las flores asoman por encima de las bardas. Muchas casas conservan los colores de otra época, cuando parecía que nadie tenía miedo de pintar una fachada de amarillo, azul o verde.

Las calles son estrechas y encuentro un espacio para estacionarme bajo la sombra de un gran árbol. El mapa indica que la librería está a dos minutos a pie. Guardo el móvil y sigo caminando.

Al doblar en el callejón descubro una puerta amarilla, grande y tan desteñida que deja ver la madera bajo la pintura. Entro casi de puntillas, como si mis pasos pudieran lastimar el suelo.

Detrás descubro que se trata de una casona con varios locales alrededor de un jardín. Todos tienen algo en común y, al mismo tiempo, cada uno parece guardar su propio secreto. Avanzo unos pasos hacia el primero que veo. En su interior hay libros, sí, pero también prensas, papeles y herramientas. Parece más un taller de encuadernación que una librería. Quizá reparen allí los ejemplares antiguos.

Al fondo trabaja una mujer de larga cabellera canosa. Tiene una presencia firme y movimientos delicados. Está cosiendo el lomo de un libro con tanta concentración que me da pena interrumpirla.

—Buen día. Disculpe —digo apenas.

Deja la aguja sobre la mesa y vuelve la mirada hacia mí. Su sonrisa me anima a continuar. Le cuento que escribí hace meses para preguntar por un libro y que anoche recibí un correo diciendo que lo habían encontrado.

Antes de que termine, toma mis manos entre las suyas.

—Qué alegría que haya venido. Aunque la librería está dos puertas más allá. Este es mi taller.

Me disculpo por la confusión, pero ella le quita importancia con un gesto. Le digo que me alegra haber entrado de todos modos: el taller es precioso. Quizá por lo cálida que ha sido conmigo, me nace abrazarla. Ella corresponde al abrazo y camina a mi lado hasta la puerta.

—Me llamo Elena —dice—. Me dio gusto poder ayudarla.

Le digo mi nombre. Antes de despedirnos, me toma suavemente la cara entre las manos y me desea un bonito día.

Salgo del taller con una alegría distinta de la que traía. Camino hasta la librería, a dos puertas de allí. También es un lugar encantador, aunque los libros se apilan del piso al techo y apenas dejan ver las paredes. Al entrar suena una campanilla. Me hace gracia pensar que, entre tantos estantes, quienes trabajan allí necesitan que algo les avise de la llegada de un cliente.

Un hombre aparece al fondo y me pregunta si puede ayudarme. Le digo qué libro busco. Se sorprende de que haya venido tan pronto: el aviso salió apenas anoche.

Mientras va por él, hojeo algunos de los ejemplares que tengo cerca. Enseguida lo veo regresar con un libro entre las manos. Me acerco, lo tomo y lo aprieto contra el pecho como si acabara de reencontrarme con alguien a quien extrañaba.

El hombre sonríe y me señala la caja.

—¿Cómo lo encontraron? —pregunto—. ¿Lo tenían aquí desde hace tiempo?

—Fue una suerte —responde—. Hubo solo dos ediciones, y ya casi no aparece ningún ejemplar. Hace poco mencioné el título en una conversación con la señora del taller de encuadernación. Resulta que ella lo escribió.

Miro la portada y después lo miro a él.

—¿Elena?

—Sí. Conservaba dos ejemplares. Cuando supo que alguien llevaba tiempo buscando el libro, quiso ofrecernos uno para que pudiéramos vendérselo.

Me quedo sin palabras. Pago sin prestar atención a la cantidad. Me quito el pañuelo que llevo al cuello, envuelvo el libro con cuidado y lo guardo en mi bolso. Antes de salir, le doy las gracias al librero con un apretón de manos.

Vuelvo casi corriendo al taller. Quiero decirle a Elena que compré su libro. Quiero contarle por qué lo buscaba.

Pero la puerta está cerrada y las luces, apagadas.

Me siento en una banca del jardín, por si regresa. Abro el libro y comienzo a leer. Cuenta la historia de una familia numerosa a la que la guerra en España separó: algunos de sus miembros llegaron a México y tuvieron que aprender a vivir lejos de quienes habían dejado atrás. Cuando levanto la vista, han pasado más de dos horas. Elena no ha vuelto.

A lo lejos se oyen los primeros truenos. En esta ciudad bastan unos minutos de lluvia para que algunas calles se inunden, así que cierro el libro y camino hacia el auto. No pongo música. Durante el trayecto pienso en Elena, en cómo habría sido de joven y en lo que acabo de leer.

Al llegar a casa, arrastro un sillón hasta la ventana para escuchar la lluvia. Me preparo un té y vuelvo a abrir el libro. No me levanto hasta terminarlo.

Ya de noche, con el estómago vacío y la cabeza llena de imágenes, apago las luces y me preparo para dormir. Quiero regresar al taller y hablar con Elena. Pero acostada, antes de cerrar los ojos, me pregunto cómo empezaré.

¿Cómo le digo que conocí a su nieta en la preparatoria? Que fuimos amigas y que ella me habló muchas veces de aquel libro sin contarme que lo había escrito su abuela. Que al entrar a la universidad nos alejamos y perdimos el contacto.

Hace ocho meses encontré por casualidad su nombre en un obituario. Había muerto en el terremoto.

Desde entonces necesitaba leer el libro que tanto le había gustado. Hoy lo terminé junto a la ventana, mientras llovía. Y esta mañana, sin saber quién era, abracé a su abuela, abracé su historia.

Una respuesta a «La persona equivocada»

  1. Avatar de Misael ACEVEDO HERRERA
    Misael ACEVEDO HERRERA

    Siempre he creído que los libros son un viaje que te hacen tomar camino, pero nunca sabes a donde te llevarán.

    Como el jardín de los senderos que se vifurcan, un libro acercó tres vidas y otras más en España, en México y también en la indiviudualidad de las historias personales.

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