El placer del dolor

Circuitos conectados

Leí sobre un estudio que exploró cómo los ratones aprenden a asociar un sonido con una recompensa o con una experiencia desagradable. Los investigadores observaron la participación de distintos circuitos cerebrales en esos aprendizajes. Me quedé pensando en la manera en que nuestras experiencias, las gratas y las difíciles, influyen en lo que hacemos después.

Ayer tuve que pedir ayuda. Me dolía mucho la parte alta de la espalda: durante julio había entrenado con más peso y mi cuerpo necesitaba una pausa. Durante la sesión con mi fisioterapeuta sentí algunas molestias, pero acudí porque quería entender qué estaba pasando y aliviar la tensión entre mis escápulas.

Bromeamos con que el «único dolor aceptable» era el del gimnasio. Después pensé que ni siquiera allí el dolor debería ser la meta. Entreno porque disfruto descubrir lo que mi cuerpo puede hacer, y ese progreso requiere tiempo, paciencia, descanso y atención.

Esta mañana todavía sentía algunas molestias. Al estirarme, sin embargo, pude llevar los brazos hacia atrás y mover los hombros con más libertad. Durante la meditación llevé mi atención a esa parte de mi cuerpo. Pensé en las veces que quizá le he exigido demasiado y agradecí que me hubiera dado una señal clara: necesitaba detenerme y pedir ayuda.

Hace tiempo empecé a comprender, desde mi propia experiencia, cuánto se relacionan mi cuerpo, mis emociones y mis pensamientos. Había escuchado hablar de ello y también lo había leído, pero vivirlo me obligó a prestar más atención.

Hubo una etapa en que me concentré tanto en la alimentación que terminé imponiéndome reglas demasiado rígidas. Después empecé a entrenar y, con el aumento de actividad, también cambió mi apetito. Mis propias reglas comenzaron a frustrarme. Llegué a no disfrutar la comida, aunque cocinar y comer siempre me han dado placer.

Me sentía vulnerable y empecé a tomar como ciertas las opiniones de otras personas, cercanas o desconocidas. Probaba consejos contradictorios, daba vueltas a las críticas y dejé de escuchar lo que yo necesitaba. Con el tiempo descuidé tanto mi alimentación como el ejercicio. Al principio se sintió como un descanso, casi como estar anestesiada. Más adelante apareció un malestar profundo que no sabía si llamar físico, mental o emocional.

Durante mucho tiempo busqué el equilibrio como si fuera una balanza inmóvil: la misma cantidad de peso a cada lado, todo bajo control. Ahora me resulta más útil pensar en el balance como algo que se ajusta mientras vivimos. Habrá momentos en que una necesidad pida más atención que otra. Escucharla puede ayudarnos a encontrar de nuevo el centro, aunque no permanezcamos allí para siempre.

Esta molestia en la espalda me hizo pensar también en mi manera de enfrentar el dolor emocional. Muchas veces he querido evitarlo o salir de él cuanto antes. Hoy quisiera aprender a escucharlo sin asumir que debo buscarlo ni soportarlo todo. A veces señala algo que necesita cuidado, un límite o una conversación pendiente.

Cambiar de opinión sobre algo que dábamos por cierto puede resultar incómodo. No siempre sabemos de inmediato qué hacer después; algunas respuestas aparecen al probar, observar y volver a elegir.

Me siento dispuesta a vivir esta etapa con más atención. Quiero reconocer cuándo es momento de avanzar, cuándo necesito descansar y cuándo conviene pedir ayuda. Quizá crecer tenga menos que ver con resistir el dolor y más con aprender a escuchar lo que mi experiencia intenta decirme.

Papá solía ponerme esta estrofa de la canción que les comparto como comentario final:

«Debes amar el tiempo de los intentos,
Debes amar la hora que nunca brilla…»
– Silvio Rodriguez

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