Llueve sobre mojado

(Esta historia viene del post anterior)

Estoy frente al escaparate de la tienda de muebles de Daniel y Carlos. Me vienen a la memoria tantas tardes en las que hablamos de este proyecto, cuando parecía lejano. Hoy es una realidad, y me emociona poder escribir una reseña sobre esto.

Antes de entrar siento mariposas en el estómago. Apenas cruzo la puerta, el ruido de la calle desaparece. Es como llegar a una casa en la que alguien te estaba esperando. La tienda está organizada en una serie de habitaciones que pueden transformarse de vez en cuando para crear nuevos espacios. Cada una tiene una decoración distinta y, aun así, todas parecen conversar entre sí.

De pronto me ilusiona encontrar un nuevo hogar y decorarlo con todo lo que hay aquí. Estar en este lugar me hace pensar que lo que viene para mí puede ser hermoso. Camino despacio, atenta a los detalles, y hago algunas anotaciones en mi libreta. Sospecho que varias son para mi futuro departamento y no para el artículo de la revista.

Estoy tan concentrada que no noto cuándo Daniel se une a mi recorrido.

—¡Hola! ¿Qué te hiciste? Te ves muy guapa, radiante. ¿Te dieron el trabajo en la nueva editorial?

Lo abrazo como si llevara una semana sin hablar con nadie. Le cuento todo lo que ha pasado desde el sábado hasta el momento en que crucé la puerta de la tienda.

—Y aquí están las cosas que necesito para mi nueva vida —concluí—. Estoy decidida a dejarlo, buscar mi propio hogar y comenzar de cero.

Daniel me abraza de nuevo.

—Te escucho tan convencida que sé que no es una decisión tomada por impulso ni en un momento de enojo. Te conozco, sé que cuando aparece esa luz en tus ojos, es porque sabes hacia dónde vas. Cuentas conmigo. Con nosotros.

Siento el alivio de quien por fin se quita un abrigo demasiado pesado. Esperaba sentirme así cuando les conté mi decisión a mis amigas aquella tarde. Sin embargo, es ahora, al decírselo a Daniel, cuando me siento verdaderamente escuchada.

Carlos se une a nosotros y comenzamos a planear las fotografías para el artículo. En cada habitación me hablan del diseño, los materiales y la fabricación de las piezas. Anoto y dibujo todo en mi libreta. Ya tengo un par de ideas: quizá podría escribir el artículo como un anecdotario, como si cada espacio fuera un personaje.

El tiempo se nos va entre la conversación, las notas y las risas. Cuando miramos hacia fuera, descubrimos que ha caído una tormeta. La lluvia ha arrancado hojas y pequeñas ramas de varios árboles, y las banquetas parecen cubiertas por una alfombra verde.

Carlos y Daniel me invitan a cenar a su departamento para celebrar mi nuevo trabajo en la editorial. Todavía llueve y hay mucho tráfico, así que nos tomamos el trayecto con calma. Conversamos, cantamos y discutimos por quién elige la siguiente canción.

Mis amigos viven en el departamento que Daniel y yo compartíamos. Cuando Carlos apareció en nuestras vidas, sus visitas fueron cada vez más frecuentes, hasta que un día los tres vivíamos allí. Nunca me pidieron que me fuera, pero yo necesitaba un espacio propio y quería darles privacidad. Justo cuando empecé a buscarlo surgió la posibilidad de vivir en pareja.

He vuelto muchas veces a este departamento, pero esta noche se siente diferente. Estoy cobijada, segura, tranquila. Carlos prepara la cena, Daniel elige la música y yo pongo la mesa. Le pido a Daniel que me preste unos pantalones deportivos o un pijama: quiero quitarme el vestido y estar cómoda.

Me ofrecen quedarme a dormir. Mi primera respuesta es que sí, aunque enseguida pienso que, tal como están las cosas en casa, quizá debería volver. Miro por la ventana: sigue lloviendo. Conseguir un taxi o un Uber a estas horas será difícil, y tampoco quiero que ellos tengan que llevarme y regresar entre calles encharcadas. Me parece más sensato quedarme. Además, es lo que en verdad quiero hacer.

Busco el móvil para avisar que no volveré esta noche. Entonces recuerdo que lo puse en silencio al bajar del autobús. Son las once y media. Tengo ocho llamadas perdidas y el WhatsApp lleno de mensajes.

Antes, no responderle me habría provocado ansiedad. Incluso si estaba en una reunión de trabajo, sabía que su irritación me haría sentir culpable. Hoy no me genera ningún sentimiento.

Intento llamarlo, pero la llamada se desvía directo al buzón. No quiero dejarle un mensaje de voz. Abro nuestra conversación, ha eliminado más de diez mensajes. Solo queda uno:

«Bien, me queda claro que no te importa la relación y que definitivamente tú ya estás fuera. Avísame cuándo vienes por tus cosas. Buenas noches».

Decido no responder a lo que dice. Escribo únicamente:

«Hola, buenas noches. Acabo de darme cuenta de que tenía el móvil en silencio. Estoy en casa de Daniel y Carlos. No ha dejado de llover, así que decidí quedarme aquí esta noche».

Me despido de mis amigos y me acomodo en el sofá del cuarto que han convertido en estudio. Apenas me cubro con la cobija, me quedo dormida.

Duermo profundamente. Al despertar, me siento tranquila. Las cobijas huelen a lavanda y a cítricos; desde lejos escucho las voces de Daniel y Carlos. Voy a agradecerles que me hayan dejado pasar la noche en su casa. Después pediré un Uber. Guardo en una bolsa la ropa que llevaba ayer y les prometo devolverles lo que me prestaron. Me despido y bajo las escaleras.

Mientras voy en el coche, deseo que el trayecto dure más. Pero, a pesar de la lluvia de ayer, llegamos pronto. Sé que tenemos una conversación pendiente. Lo que me pesa es imaginarlo alzando la voz, verlo enojado y tener que respirar hondo una vez más. Ojalá pudiéramos hablar sin herirnos.

Al abrir la puerta, lo encuentro recogiendo algunas cosas de la mesa. Da un brinco; parece que no esperaba verme. Lo saludo, pero no responde. Voy a la habitación por ropa limpia. Estoy a punto de entrar al baño cuando me habla.

—Te propongo que busquemos ayuda. Podemos ir a terapia de pareja. Conseguí el nombre de una terapeuta que atiende cerca del parque al que te gusta ir a tomar café.

Mil pensamientos me cruzan la cabeza. Si acepto, temo traicionar lo que deseo. Si me niego, sé que pensará que no quise intentarlo. Una vez más, respiro hondo.

—Está bien. Me parece una buena idea. Esta relación ha sido importante para los dos. Merecemos hablar con claridad antes de separarnos; quizá la terapeuta pueda ayudarnos a hacerlo de una manera menos dolorosa.

Se le enrojece el rostro. Un par de lágrimas le caen por las mejillas, pero permanece inmóvil frente a mí. Luego se da la vuelta y golpea la pared con el puño.

—No. No voy a pagar una terapia para que sientas que hiciste las cosas bien al irte. Si ya no quieres estar conmigo, lo acepto. Pero el contrato de arrendamiento de este departamento está a mi nombre, así que tienes dos semanas para irte. Puedes dormir en el sillón, si quieres, pero ya no en nuestra habitación.

Sale y cierra la puerta de un golpe.

Me duele verlo así. Pienso en todo lo que pudimos haber dicho antes, en los límites que no puse y en cómo dejamos que la relación llegara hasta aquí. También sé que, en medio de la desilusión, aprendí a escucharme y a darles valor a mis decisiones y a mis sentimientos.

Estoy segura de lo que he decidido. Aunque me duela, esta vez voy a respetarme y elegirme a mí misma.

(Continuará…)

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