Daniel y yo, nos conocimos hace más de cinco años, en la empresa donde yo trabajaba antes de lanzarme a hacer lo que ahora hago con tanta alegría. Él trabajaba en el departamento de Relaciones Públicas y yo en el área financiera. Yo había escuchado que era un hombre muy guapo pero que casi no tenía amigos en la oficina. Decían que era muy pedante y cortante. Tenía curiosidad por conocerlo, pero la primera vez que lo vi no tenía idea de quien era.
En aquellos días yo era novia de otro chico, se llamaba Jorge. Él también trabajaba en la misma empresa, solo que lo habían promovido y lo enviaron a trabajar al otro corporativo, del otro lado del país. Habíamos estado juntos por apenas cuatro meses cuando lo transfirieron.
Una mañana llegué a la oficina y descubrí un lindo arreglo de flores, eran unas preciosas margaritas blancas. Me las había enviado Jorge junto con una linda carta en video que me pareció muy graciosa. Estaba tan contenta, que no cabía por ninguna puerta. Al medio día fui a prepárame una taza de té, teníamos una pequeña cocineta en el segundo piso del edificio. Estaba tan feliz, mi teléfono que siempre llevo enchufado a la oreja, sonaba el vals de las flores, y me puse a bailar. Pensé que estaba sola, pero de pronto, un chico muy bien vestido y con unos brazos bien marcados, me tomó por sorpresa y se puso a danzar conmigo. Le seguí la corriente y danzamos por un rato. Después nos atrapó un ataque de risa a los dos. Se presentó conmigo, y entonces supe que era el famoso Daniel. Congeniamos rápidamente.
A partir de ese día, almorzamos juntos todos los días. Y nuestra amistad fue creciendo. Desde entonces fuimos y somos grandes amigos, cómplices. Le platicaba sobre mi vida personal y él sobre la suya sin censura. Incluso, me contó que prefería no entablar amistades en la oficina, porque él es gay y la gente suele decir que no le importa, pero siempre están curiosos de hacerle preguntas tontas. En realidad, no le importaba que supieran sus preferencias, pero si no había vínculos de amistad con nadie, evitaba los cuestionamientos.
Un día durante el almuerzo, le pedí que me acompañara por la tarde a una cita. Estaba buscando departamento, había quedado con un agente para visitar un par. Sin dudarlo, aceptó inmediatamente, muy puntual a la salida fue buscarme a mi oficina. Llegamos a la agencia inmobiliaria, el agente que me atendía me informó que uno de los departamentos que yo había solicitado visitar ya había sido rentado, pero tenía una nueva opción en la calle más linda de la ciudad, según yo. Esa calle está llena de árboles e incluso hay un gran parque con un lago artificial, la gente suele ir los fines de semana a hacer picnic en esa zona.
Fue el primer departamento que visitamos, era muy grande, de doble altura. Tenía un enorme ventanal que miraba justo al parque. La cocina era abierta, no muy grande, al ser toda de madera, era un espacio muy acogedor. Los pisos eran de duela, excepto en los baños. Tenía dos recámaras, cada una tenía su propio vestidor, pero sólo la principal tenía baño integrado. La verdad es que me enamoré de ese lugar inmediatamente y Daniel también. El problema es que era más caro de lo que yo tenía presupuestado. Cuando fuimos a visitar el segundo departamento, en verdad era lindo y el monto de renta era excelente, pero como ya traía en mente el anterior, no me sentí convencida para tomar una decisión.
Después que concluyó la visita, Daniel me invitó a cenar. Entramos en un pequeño restaurant, muy cerca del primer departamento, donde probé el pan de plátano más delicioso de toda mi vida. El café en ese lugar era más que espectacular.
Le comenté a Daniel, que el primer departamento no sólo era un lugar de ensueño, sino que en sus alrededores tenía los lugares más ricos de la ciudad. Él echo a reír, y me dijo: – En verdad te has enamorado de ese lugar tanto como yo, ¿por qué no lo rentamos juntos?, y así los dos seremos felices. – Su idea me pareció la mejor, enseguida sin dudarlo acepté.
Un mes después empezamos nuestras mudanzas al nuevo espacio. Fue muy divertido, y cansado también. Habíamos terminado de subir todas las cajas, cuando empezó una tormenta que no se le veía fin. Así que no pudimos escapar, ese mismo día empezamos a desempacar. Como no podíamos hacer otra actividad ya que afuera la lluvia había borrado a las personas de la calle y adentro todo estaba en cajas.
Daniel me cedió la habitación que tenía el baño integrado, en el fondo pienso que no fue por mi comodidad, sino porque la otra habitación tenía un balcón que miraba al parque. Terminamos de ordenar y desempacar cada uno en su habitación. Durante esas horas casi no nos vimos y ni hablamos. Sólo habíamos conectado una bocina en el piso de la estancia, y desde ahí escuchábamos la música que se mezclaba con el sonido de la lluvia.
Cuando terminamos, nos encontramos en la estancia, la cual estaba vacía, pues ninguno trajo muebles de su anterior departamento. Eso nos parecía una excelente idea pues podríamos comprarlos juntos, al gusto de los dos. Nos sentamos un rato a descansar frente al gran ventanal, empezamos a imaginar como armaríamos la sala y el comedor. Después cuando ceso de llover, en definitiva fuimos a buscar una sudadera cada uno, y nos lanzamos a buscar un lugar donde pudiéramos cenar algo delicioso, tanto cansancio nos había provocado un hambre feroz.
Bajamos, al salir a la calle, se respiraba el rico aroma de la tierra mojada del parque, el clima era un poco frío, pero después de haber sudado tanto arreglando nuestras habitaciones, se agradecía esa brisa ligera sobre la cara. Caminamos un poco, hasta encontrar un lindo lugar de pizzas a la leña. Compartimos una pizza grande y una botella de vino tinto también. Había que celebrar nuestra nueva etapa de vida que comenzaba ese día. Fue cuando decidimos, que aprovechando que no teníamos ni cuadros, ni muebles en las áreas comunes, podríamos dar una pequeña fiesta para que nuestros amigos y parientes más cercanos conocieran nuestro maravilloso departamento.
Cuando le comenté a Jorge que viviría con Daniel, sin dudarlo, me confirmó que vendría a la fiesta de inauguración del departamento. Desde que se mudó del otro lado del país, yo fui a visitarlo en dos ocasiones, él nunca vino a verme. A excepción de esa ocasión, pero creo que fue por curiosidad de conocer a Daniel, y saber el estado de nuestra relación.
A la fiesta vinieron mis padres también amigos de ambos, nadie de la oficina más que Jorge. Todos quedaron encantados con la ubicación y la vista del departamento. Fue una velada muy agradable, mis padres trajeron varias botellas de vino que muy rápido se vaciaron. Una amiga de Daniel que es chef nos trajo algunos bocadillos, pero los postres fueron los protagonistas de la noche. Se hizo un ambiente tan relajado y armonioso que de improviso se nos unieron algunos de nuestros nuevos vecinos, que al escuchar la música sintieron curiosidad por conocernos.
Colocamos un montón de cojines de distintos colores y tamaños en la estancia, durante algún tiempo fueron nuestra sala. Las mesitas las improvisamos con pequeños cajones de madera que compramos en un mercado muy cerca de casa. Algunos amigos nos hicieron donaciones de viejos trastes que habían formado parte de alguna vajilla, y la verdad es que fue genial, no teníamos un plato igual a otro, eso era realmente original y muy lindo.
Después de que todo el mundo se fue, nos quedamos solos, bueno esa noche Jorge se quedó a dormir conmigo, pero al día siguiente ya tenía listo su boleto de avión para irse. Supongo que al conocer y ver cómo era mi relación con Daniel, supuso que no habría más que amistad. Al menos, me gusta pensar eso, y no que le importaba cada vez menos nuestra relación.
Pocos días después de aquella fiesta, Jorge me mando un mail a mi correo de la oficina para terminar conmigo. Aunque lo veía venir, tenía claro que nuestra historia no daba para más. Me afectó, más por la forma en la que lo hizo, que por el hecho en sí. Ese día estuve muy distraída en la oficina, recuerdo que aquella tarde al llegar a casa, en cuanto crucé la puerta, me volví un mar de lágrimas. Daniel ya estaba en el departamento cuando yo llegué. No me dijo una sola palabra, sólo me abrazo dejándome llorar por un buen rato. Cuando el llanto ceso, en su abrazo me empezó a menear como bailando al ritmo de la suave música que venía de su habitación. Después de un momento, empecé a reír.
Nos soltamos, nos miramos, y sin decir nada, los dos reímos a carcajadas. Un minuto después, me tomó la mano y me dijo: – Bueno, basta ya, esto es demasiado por hoy, ponte otros zapatos, cámbiate de ropa, haz lo que tengas que hacer, pero en 20 minutos nos vamos. Iremos a un nuevo bar que me dijeron que esta increíble, sobre todo porque está a unas cuadras de aquí. –
Yo realmente no tenía mucho ánimo de arreglarme, me puse cualquier cosa, no esperaba conocer al hombre de mis sueños en ese lugar, ni tenía la menor intención de toparme con él esa noche. Probablemente, de haberlo hecho, no notaría su presencia en este mundo. En verdad me sentía triste, confundida y sin ánimo de nada. No es que Jorge hubiese sido el mejor romance de mi vida, pero era mi carta de presentación ante el resto de mis amigas que en aquellos momentos, todas estaban con alguien, cosa extraña, pero ninguna estaba soltera en esos días.
Llegamos al bar, la música en verdad era muy agradable, había un montón de hombres, como en catálogo, bajitos, altos, delgados, trajeados, fachosos, hipsters y algunos más femeninos también. Todo el mundo esa noche se divertía, eran tantas las sonrisas que vibraban a mi alrededor, que muy rápido empecé a sentirme mejor, hasta sentí ganas de bailar.
De pronto, me vi en medio de la pista rodeada de dos hombres además de Daniel que bailaban conmigo, esa noche me sentí como la diosa de los deseos. Después de un rato, me senté en la barra a tomar un poco de aire, y a beber algo mientras Daniel iba al baño.
Estaba recargada en la barra, tomándome un delicioso Cosmopolitan, cuando sentí una mirada observándome. A dos lugares de mi estaba Carlos. Un chico guapo, alto y muy delgado. Tenía un look poco común, pero le sentaba muy bien. Empezamos por intercambiar miradas y sonrisas, hasta llegar a alzar las copas y brindar a lo lejos. Poco a poco, se fue acercando hasta mi lugar. Se presentó como si estuviera ligando conmigo, muy atento y seductor me besó la mano, en unas pocas preguntas pude descubrir que le interesaba saber de Daniel.
En cuanto entendí su interés e intenciones, me apresuré a decirle que, Daniel y yo compartíamos apartamento, que era un gran amigo. Y me descosí en alabanzas a Daniel (según el testimonio de Carlos). Finalmente, si así fue, no podría decir menos, pues Daniel, desde el momento en que nos conocimos en la cocina de la oficina, ha sido un amigo incondicional para mí.
Tampoco recuerdo que pasara mucho tiempo entre que empecé a charlar con Carlos, al momento en que apareció Daniel y muy cortante lo saludo, no dejó que los presentara tranquilamente, me tomo del brazo, y me dijo que era hora de regresar a casa, se despidió de Carlos sin casi mirarlo, en menos de un minuto, estábamos fuera de ese maravilloso lugar, caminando sobre la fría acera rumbo a casa.
No me sentí con ánimos de cuestionar su proceder, así que caminé apoyada en su brazo hasta casa, después hasta mi cama y me dormí profundamente hasta el mediodía del día siguiente. Por suerte que era sábado, así pude dormir sin que me angustiara faltar al trabajo.
Cuando salí de mi cama, me di cuenta de que Daniel todavía dormía, así que me puse a preparar el desayuno en lo que él lograba abrir los ojos. Preparé un omelette de queso con espárragos, jugo de naranja, y el imperdonable café. Me dio tiempo de adornar los platos, y colocar todo en la barra de la cocina, antes de empezar a escuchar los pasos de Daniel por el pasillo.
Comenzamos nuestra platica hablando del excelente ambiente del bar de anoche, de los detalles de la decoración del lugar, hasta llegar a mi pregunta: – ¿Por qué portarse tan cortante con Carlos? , no solo me pareció que es una excelente persona, además es guapísimo. – En cuanto terminé de formularle mi pregunta de asombro, soltó una enorme carcajada, hasta que no paró de reír me pudo explicar.
El punto es que, yo nunca me di cuenta de todo lo que Daniel bebió esa noche, y como realmente estaba muy borracho no quería decir o hacer alguna tontería enfrente de semejante bombón, a quien Daniel había estado coqueteando toda la noche, hecho del cual tampoco me percaté. Así que, lo mejor fue haber salido huyendo de ese lugar, y dejar la presentación y demás para otro día. Era mejor quedarse con la duda de si lo volvería a ver, que con el arrepentimiento de haber hecho cualquier clase de disparates ante aquel hombre tan lindo y guapo.


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