Si un hombre pudiera cruzar las puertas del Paraíso en un sueño y le presentaran una flor como prenda de que su alma ha estado allí realmente, y se encontrara con que tiene la flor en la mano cuando despierta…
Samuel Taylor Coleridge
Eso de cumplir años un día de antes de «San Valentín» no siempre me resultó divertido. En mi adolescencia mis amigas preferían pasar ese día decorando cartas de amor que festejando conmigo.
Pero ahora que cumplí cuarenta y cinco, que volvió a coincidir que fuera lunes como el día en que nací, todo el mundo estaba ocupado en sus proyectos laborales mientras yo me escapé un momento del mundo para estar a solas conmigo.
Poco a poco comenzaron a cruzarse por la mente escenas de mi historia, en regresión y con cierta prisa hasta que de pronto apareció un hermoso recuerdo de la primera vez que se me llenó en estómago de mariposas; entonces detuve la película en aquellos días y de cierta forma lo volví a vivir.
Era mi segundo año en la secundaria, mi amiga entrañable ya estaba dejando atrás su cuerpo y mentalidad de niña, a mi me parecía hermosa, como una princesa que uno admira con la conciencia de que era imposible ser como ella.
Dentro del grupo de amigos, había un chico que me parecía super guapo. Su cabello alborotado, el cuello largo y sus ojos grandes me llevaron un día pensar que jamás había prestado esa atención a un chico. Cuando caí en la cuenta de que me gustaba, me empecé a poner nerviosa cada vez que hablábamos, ya no podía mirarlo como antes, ni compartir los tiempos del descanso como lo solíamos hacer.
Un día habíamos decidido todos que nos saldríamos de clase por la ventana para reunirnos en la torre, la cual era un espacio que solía estar lleno en los descansos por los chicos populares y rebeldes del colegio que se refugiaban ahí para fumar.
Del grupo de siete amigos, los únicos que logramos escabullirnos sin ser vistos, fuimos el chico que me gustaba y yo. Cuando llegué a la torre y me encontré sola con él, sentía las manos heladas y toda una escuela de baile dentro de mi. Estuvimos platicando, no recuerdo muy bien de qué, pero se me quedó muy grabado cuando me mencionó que había una chica que le gustaba. En mi mente apareció la imagen de mi super amiga, claro, debía ser ella, de las chicas más bonitas del salón a mi parecer.
Unos días después, llegó el fin de semana y me tocó ir a casa de papá, le platiqué lo sucedido y le dije que él se merecía salir con esa chica tan bonita. Recuerdo perfecto que papá se rió, me abrazó diciendo: «No te preocupes, Vady*, no será el único chico que te guste en la vida, ni tampoco el único que prefiera a otra chica. Eso es normal, y si lo aceptas desde ahora sufrirás menos.»
Unos días después, el chico en cuestión, nos invitó a pasar la tarde en su casa después del colegio. Yo llevaba en mi chamarra de mezclilla una carta donde le confesaba que me gustaba pero que aceptaba que yo a él no. Toda la tarde temblé de angustia, no sabía en qué momento debía dársela o si solo debía dejarla donde él la pudiera encontrar.
En ese entonces, su papá estaba por casarse, y la chica que sería su esposa ya vivía ahí en la casa. Ella notó que algo no estaba bien conmigo y me invitó a ir a la cocina con el pretexto de ayudarle pero una vez que llegamos ahí me sentí en confianza y le mostré la carta. No recuerdo cual fue la conversación que tuvimos, pero decidí no entregar la carta y disfrutar el resto de tarde con mis amigos.
Esa tarde, al volver a casa, encontré en mi mochila una nota donde me pedía ser su novia. Nunca en mi vida he brincado tan alto como ese día. Por mucho tiempo guardé la nota, quizá siga entre las cajas que conserva mamá en su almacén de recuerdos.
De ahí recuerdo que nuestras calificaciones se fueron para abajo… ja, ja, ja. Cada que podíamos saltábamos por la ventana del salón para escaparnos de clase y estar a solas.
Mamá no siempre me daba permiso de verle por las tardes, sin embargo, los días que me tocaba clase de tenis, de regreso a casa, tomaba el Ruta 100 que pasaba por Perisur, cruzaba el puente para encontrar un teléfono y decirle que ya estaba por llegar. Nos solíamos ver en el sótano de la tienda Sears, que en ese entonces era el foodcurt.
De esas tardes, recuerdo en particular una donde yo llevaba unos joggers negros tipo basquetbolista con una ombliguera roja de cuello alto. Él traía los jeans rotos con una playera de Guns & Roses, y en las manos un hermoso conejito de peluche que me regaló ese día, el cual conserve hasta hace unos años.
También me tocó participar en la boda de su papá. Fue una cita muy formal, pasó con su chofer hasta mi casa. Fue super lindo bailar toda la noche sin que nadie se acordara que apenas teníamos trece años. El lunes siguiente a la fiesta, me entregó una carta que leí hasta que se gastó el papel, donde me contaba todo lo que sucedió después de que mis padres me fueron a buscar a la fiesta. Solía regalarme muchas cartas y dibujos, aún cuando nos veíamos todos los días en el colegio.
Un montón de fotos mentales saltan a mi memoria ahora que escribo todo esto, pero lo mejor es que, se me llena el corazón de alegría y agradecimiento no solo por el hecho de haber vivido algo tan bonito, sino porque fue la forma más linda de experimentar por primera vez el amor.
- *Vady Papá solía llamarme así, en referencia a cuando era muy pequeña y no podía pronunciar mi nombre correctamente.


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