Quizá era la persona que estaba buscando, la tuvo frente a él varios días y no la reconoció. ¿Se habría presentado por casualidad aquella mañana? o ¿la vida de le brindó la oportunidad de conocerla?
Ella había hecho el viaje para descansar por unos días. Le entusiasmaba la idea de abrirse a nuevos horizontes, conocer otro tipo cultura, conocer gente diferente. Una amiga de la Universidad llevaba ya varios años viviendo ahí, estaría fuera esos días y le ofreció su piso, el cual se ubicaba en una zona que poco a poco se iba haciendo conocida en la ciudad.
El primer día después de su llegada, decidió dar un paseo por el barrio y buscar algún lugar donde sentarse a leer y comer algo. Al final de calle donde se estaba quedado, justo en la esquina, encontró una cafetería con puertas blancas con muchas plantas alrededor. En las mesas de afuera varios árboles brindaban una sombra muy agradable. Decidió entrar para comprar un café y una galleta, salió a buscar una mesa donde sentarse, cuando estaba colocando las cosas sobre la mesa, llegó él, y se sentó en la misma mesa que ella había elegido.
De manera sonriente y amigable le dijo: «vaya, ¿cómo has adivinado que te pediría un café?» y cerró su comentario entre risitas. A ella le pareció gracioso y decidió seguirle el juego contestando: «Nos gusta sorprender a nuestros clientes«, devolviéndole la sonrisa con un guiño.
Ella se quedó parada recargando las manos sobre la silla, él, que era un hombre desenfadado, tomó un sorbo de café, asumiendo que la chica trabajaba ahí. Sin mayor preámbulo le comenzó a contar porqué estaba en el barrio. Usualmente hacia este tipo de cosas, comenzaba una conversación con la gente que se le cruzaba por el camino, como si por mucho tiempo hubiera estado callado o quizá tenía la necesidad de sentirse escuchado. Una vez que comenzaba hablar, no paraba hasta terminar su historia.
Tenía una forma tan divertida de narrar la cotidianeidad que ella se entretuvo escuchándole con atención. Solo asentía a sus comentarios con la mirada y la sonrisa. En ocasiones, mientras él bebía otro sorbo de café, conseguía un espacio para agregar un comentario.
Cuando se terminó el café, sacó de su cartera el dinero para pagar la cuenta, y le dijo: «Estaré viniendo estos días por acá, ya que el negocio que te comenté, es a dos calles de aquí. Quédate con el vuelto, que tengas un buen día«. Tomó las llaves de la mesa, se volvió a meter la cartera al bolsillo del pantalón y se fue.
A partir de ese día, ella llegaba 10 minutos antes de la hora en la que se habían encontrado y espiaba por las ventanas dentro del café el momento en el que él apareciera para llevarle a la mesa el café con la galleta.
Cada día, él le contaba algo de su vida, y ella se quedaba ahí delante, recargada en la silla escuchando, disfrutando de sus historias y su compañía. En las contadas ocasiones que ella aportaba un comentario a la conversación, él la escuchaba poco y proseguía con su relato.
Llegó el día previo a su partida, sus días de vacaciones se habían terminado. Tal como lo venía haciendo esa semana, llegó a esperar verle sentarse en la mesa bajo el árbol para llevarle el café.
Cuando terminó la plática, él se estaba alistando para irse, ella se atrevió a preguntarle: ¿Vendrás mañana por el café? Él le contestó que no, que esa era su última visita, que había conseguido cerrar el negocio que lo había llevado a ese barrio, pero que le agradaba el servicio y el café, así que regresaría en otra ocasión.
Ella se despidió de forma emotiva, de manera inesperada, le abrazo suavemente agradeciéndole por haber compartido todos esos días sus historias. Él se sorprendió gratamente y sonriendo se fue alejando de aquel lugar volteando de tanto en tanto la mirada atrás para ver que la chica seguía ahí, observando como desaparecía entre la gente.
Esa noche él soñó con ella, y se despertó pensando que le gustaría seguir viéndola, conocerla más. Durante su ajetreado día, había momentos en que regresaba a su memoria aquel dulce abrazo de despedida y eso lo hacía sonreír. Ya estaba imaginando su próximo encuentro.
La semana siguiente llegó a la cafetería, se sentó en la misma mesa y nadie le trajo el café a su llegada. Después de 10 minutos esperando se decidió a entrar. Buscaba su cara entre las chicas que atendían el lugar pero no la halló.
Se acercó a la barra y preguntó por ella. La barista no entendía muy bien de quien le hablaba, hasta que acertó a decirle: «¿Me pregunta por su amiga? ¿La que le espera todas las mañanas con el café y la galleta? Él se sorprendió y dijo: Pero, ¿cómo? ¿Ella no trabaja aquí?. Y la chica de la caja le contó lo que ella había observado la semana anterior agregando: No la conocemos, no había venido aquí nunca, solo estuvo viniendo los días que se encontró con usted en la mesa de afuera.
Desconcertado, ordenó un café y en silencio se alejó de aquel lugar, la cafetería de la esquina con las puertas blancas y las mesas cálidas a la sombra de los árboles.


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