Vivimos rodeados de conversaciones sobre la «toxicidad». A veces parece que buscamos señales de ella en todas partes, hasta el punto de que comportarse de otra manera también puede despertar sospechas.
En internet aparecen a diario videos, publicaciones y memes que nos enseñan a identificar a las personas «tóxicas». Casi siempre hablan de los demás. Rara vez encuentro a alguien dispuesto a decir en primera persona: «A veces mis inseguridades, mis heridas o mis emociones me llevan a actuar de una forma que hiere».
Esta reflexión nació de algo que me desconcertó. Respeté el espacio y el tiempo de otra persona. Confié en lo que me decía, no estuve pendiente de cada uno de sus movimientos y seguí con mi vida. Sin embargo, tuve la impresión de que eso tampoco era lo que esperaba de mí.
A veces alguien dice que quiere libertad y, cuando la recibe, descubre que imaginaba otra cosa. También podría ser que no todos tenemos los mismos conceptos y ahí se produce el desconcierto. Quizá esperaba interés expresado de una forma distinta; quizá no entendí que necesitaba de mi. Desde fuera es fácil ponerle una etiqueta a esa contradicción; desde dentro, las relaciones son menos sencillas.
Todos podemos comportarnos de maneras que a otra persona le resulten difíciles de comprender. Llegamos a cada encuentro con nuestra historia, nuestro estado de ánimo y nuestras expectativas. Incluso un gesto que para mí significa respeto puede ser leído de otro modo por quien lo recibe.
Por eso prefiero hacer preguntas antes que diagnosticar a los demás para darme la razón. Podemos hablar de lo que sentimos, decir qué necesitamos y reconocer cuándo nuestras formas de relacionarnos no coinciden. También podemos mirarnos a nosotros mismos con la misma honestidad con la que observamos al otro.
Como tarea o conclusión me queda la empatía. Habrá que practicar más, conocerla mejor.


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