Soledad

He pasado ya un buen rato sin tener una pareja. Vivo en una ciudad lejos de mi familia. Aun cuando me considero una mujer sociable no tengo muchos amigos. Escasamente 4 o 5.

Me gusta mi vida tal cual esta. Disfruto de mi espacio, de la cama y mesa en solitario. A veces añoro el calor de un cálido abrazo, pero no es una necesidad.

Me he cuestionado si mis relaciones de pareja anteriores han sido determinantes para que el día de hoy no sienta interés o motivación en construir una nueva, experimentar y permitirle la entrada a una nueva aventura.

El pasado, es decir, las experiencias me han enseñado quien soy. Aquellos solo fueron espejos donde tuve la posibilidad de experimentarme, conocerme y hacer ajustes. Cuando lo entendí, es que el sentido de pareja cambió por el experimento amoroso (el cual aún no lo he puesto en práctica).

No tengo prisa en probar de ese experimento, he aprendido a buscar dentro lo que esperaba del exterior. Eso ha generado en mi tranquilidad, gozo y plenitud.

No es que tenga miedo a enamorarme, porque vivo en amor. Hay patrones sociales que sembraron en mi, que he ido cambiando. Tal cual como lo he hecho con las plantas de mi jardín, procurando que florezcan las más preciadas, arrancando de raíz las que no me gustan.

Reconozco que si está latente el miedo a la soledad. Cabe aclarar que no tengo interés en quitármelo, pues no es miedo a estar aislada, ir a cine sola, vivir lejos… es la soledad de mirarme en unos ojos que no me miran. El sentimiento que te provoca es miserable, desgarrador, escalofriante.

Ese temor es el que me mantiene a salvo para no permitir que alguien se atreva a cruzar la puerta de mi vida sin intención de explorarme, conocerme, apreciarme.

Deja un comentario