Y ahora … ¿qué se hace?

Me tomó mucho tiempo darme cuenta de que había acumulado tantas anécdotas sobre nosotros que ya no sé cuáles ocurrieron y cuáles inventé. Tal vez necesitaba llenar el hueco que dejó tu ausencia.

No entendía que pensar en ti se había convertido en mi antídoto contra el miedo. Era más fácil hablar de ti y alimentar la esperanza de volver a encontrarnos. Como no sabía cuándo podrías regresar, vivía con las maletas listas, por si llegaba el momento de irme contigo.

En estos meses sin papá he comprendido que hay ausencias que nos cambian para siempre. La herida puede cicatrizar, pero eso no significa que volvamos a ser exactamente quienes éramos.

Me entristece haber necesitado vivir su ausencia para reconocer algo que tampoco quería aceptar sobre la tuya: cuando saliste de mi vida, yo también cambié. Te convertí en mi escudo, eras el pretexto perfecto cada vez que se me presentaba la oportunidad de volver a sentir.

Ahora las cosas son distintas. Ya te solté. No me siento incompleta ni rota; me siento diferente.

No voy a negar que a veces me devora el miedo de salir sin armadura. Pero desde que me la quité la arrojé a la basura, para evitar la tentación de volvérmela a poner. Ahora estoy aprendiendo a experimentar la mezcla extraña de ligereza y vulnerabilidad.

A ratos me descubro buscando otra armadura, otra piedra que cargar, como si necesitara volver a quedarme atrapada en algo. Entonces recuerdo que también puedo caminar sin ese peso. Puedo dejar que el viento me roce la piel, aunque todavía me dé miedo.

En fin, mañana seguiré intentándolo.

Ya aprenderé.

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