Hay juegos que no sabemos cuando comienzan, ni por donde terminan. Sus tan complicadas reglas no nos permiten conocer las fichas. Vamos subiendo la apuesta, y nos entregamos con alevosía. En cuanto desaparece el límite nace el enojo. Y entonces, quizá ya no importe tanto el juego como el querer ganar. Nos vamos poniendo trampas, y guardamos más de un as bajo la manga. Llega un punto en que poco importa el juego del otro, nos hemos volcado tanto en el propio que a veces ya se terminó y seguimos escondiendo la carta del triunfo.
Y pensar que todo comienza por una torpeza. Quizá una frase sin sentido, un comentario poco apropiado. Pero cuando el orgullo se siente herido, el juego ha comenzado.
Vamos tirando los dados, guardando cartas, creando estrategias. La euforia crece silenciosa y vertiginosamente. En un instante hacemos del juego una realidad, y de la realidad una quimera.
Tanto esfuerzo por ganar un par de medallas para el ego, nos dejan derrotados sobre la piel, sobre los huesos.
Pero es el juego que todos jugamos, y que nunca nos damos cuenta cuando comienza. Ni siquiera distinguimos el hecho de que debemos parar. Sólo cuando se termina, lo que en verdad amas, descubres que has perdido, que no hay más oportunidades. Aunque el juego continua de cierta manera, incluso cuando ya no le ves sentido, cuando te das cuenta nada importa. Hasta que reconoces que esa pequeña chispa que comenzó el juego, ni siquiera estás seguro de haberla visto.
GAME OVER


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