A veces me siento así, más que rota hecha añicos. Y no es tristeza, es cansancio. Como sí todo mi cuerpo se volviera roca, y mi alma dentro de él estuviera presa, asfixiada, sin salida, angustiada, en agonía… Sin ganas de nada y mucho menos de ti.
Porque innegable es el hecho de que te quiero pero, también lo es el que has llegado tarde. Y bajo esa premisa me resulta más pesado perdonarte, no por la gravedad de tus actos, no porque no te lo merezcas; tan sólo es, por el hecho de haber llegado tarde. Cuando ya no tengo fuerzas para tolerarte, cuando se me ha agotado la chispa de luchar contra gigantes.
Quizá lo mereces más que nadie… Pero hoy no, no puedo. Me harte.
Por el hueco de tanta herida se me han ido las ganas, se marchó tras ella la esperanza, y fue la indiferencia quien tejió mis cicatrices.
Así que, en medio de tan insulso dolor, de ese que causa él discutir por cosas insignificantes… mejor será irme. No sé que tan rápido, no sé que tan lejos, pero irme. A dónde mis innumerables errores no le pesen a nadie, a donde mis demonios no le causen problema a otros.
Sé de un lugar donde me perdonan, me aceptan y me aman, sin nada más, sin tener que lidiar con la tan lastimosa ley del «me haces te hago».
Es hora de volver a casa, y cancelar la puerta para que nadie entre, para evitar la tentación de salir. Sólo mirare por la ventana, escribiré historias ajenas, y seré nuevamente amante de mi entrañable soledad.


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