Tarde de ensayo

Notas. Atraso. Reparos. Sonidos. Ausentes. Agudos. Gritos. Ahogados. Recuerdos. Perdidos.

Un sin fin de palabras vienen a mi encuentro las notas de cada instrumento escribe un párrafo que se transforma en estrofa, todos me hablan de un tiempo de renovación, de aires nuevos, y puertos abiertos. Sin embargo, el beat es ya viejo, tantas veces caló en mis oídos que no lo puedo olvidar, como lo vuelvo a escuchar lo siento nuevamente batir dentro de mi. Estoy aquí, en un cuarto de esquina, sin mayor terminado, las paredes desgastadas, descarapeladas, olvídalas, pérdidas y sucias.

Y todos los que estamos aquí tenemos un propósito, que seguro no es el mismo pero si es común. Yo por ejemplo, estoy para viajar, para dejar que se abra nuevamente el puente que la música construye, cruzar del otro lado, irme lejos, donde todo lo creo posible, donde no importa como me llamo, lo que hago e incluso no importa quien soy yo, sólo estoy acá, pintando colores de sentimientos con la paleta de la música, cada sonido es de un color diferente, y aún cuando la nota se repita el tono jamás será el mismo. Voy pintando lienzos de pensamientos, sin tiempo, sin dolor ni miedo.

No hay ausencias, no hay nada, entre menos hay, más tengo. No poseer me da la libertad de abrazarme a todo. Y salgo volando lejos, estoy en la ventana más alta de la torre que jamás fue construida, desde aquí se observa toda la felicidad que se deja escapar cuando uno sabotea su propio camino. Interpretando papeles que no nos han sido asignados, recreando cuentos que nos inventamos con finales fatales de angustias injuriosas no vividas.

Escribo. Escucho. Sentir. Golpeteo. Fuerza. Trino. Frenesí. Crece. Desaparece. No hay nada ya.

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