Hojas sueltas

Sin remedio

En medio de la calle, sin lluvia, sin ruido, sin viento, sin ti, sin nada. Así era ir por la vida con los sentimientos hechos añicos.  Tan lastimada, sin tener molestia alguna, sin sentir. Cuando una herida es tan profunda y atraviesa el umbral del dolor, te quedas sin sensaciones.

Sin hallar consuelo, en el país del abandono, mi corazón decide morir.

Después, ¿qué viene después? Vienen días, pero no sé si se puede decir que se vive en esos días. Hay un enorme vacío que no se ve, que nadie puede medirlo, porque de tan grande es invisible.  El luto se lleva en los ojos sin brillo, los labios y las mejillas sin color, el pelo quebradizo, la piel reseca; pero por dentro la destrucción es peor. No existe palabra para nombrar ese sentimiento, debe ser más que eso. No hay corazón o alma que lo genere, es imposible saber donde se crea, desde donde se siente.

La última gota que quedaba en mis ojos terminó por derramarse. Ese día me hice un nuevo corazón. Siendo cuidadosa de no utilizar pedazos de aquel que se murió; Uno totalmente nuevo, recién estrenado; sin memoria, sin heridas, sin miedos, sin rastros del pasado. Listo para empezar su propio aprendizaje.

Sin embargo, éste, el nuevo corazón,  la nueva válvula que desprende sentimientos, éste que no te conoce, que jamás sintió nada tuyo, que no latió por ti; fue tan curioso que, se puso a hurgar dentro de los libros del pasado, encontrando todos tus recuerdos, que por distracción olvidé quitarlos de  mi memoria.

Mas no sé si sea una torpeza, un acierto o sólo un juego, pero este nuevo corazón, de vez en cuando me despierta en mitad de la noche con un latido que pregunta por ti.

Carrera contra el recuerdo

Tal vez parece que escribo con la esperanza de que un día me leas, imaginando que mis palabras llegan a tus ojos. Y si un día te encuentras con mis escritos, quizá pienses que he estado escribiendo con la intensión de enamorarte, de entregarnos amor de nuevo. Que entre líneas suplico tu regreso, y como anuncio luminoso cada letra te invite a pensar en mi.

Sin embargo, yo, con la pluma en ristre, comencé a escribir porque los sentimientos reprimidos aprendieron a multiplicarse. Tanto, que me estaban ahogando. Como la espuma de la cerveza, que tras sentir que puede escapar del encierro, las preguntas, los sentimientos, tus recuerdos, mis pensamientos; comenzaron a desbordarse. Así que, con cada letra, en cada palabra los voy liberando, me despido de ellos. Tengo la esperanza de liberarlos antes de que se sigan reproduciendo dentro de mi. Escribo esperando que un día ya no tenga nada que decir de ti, que tu nombre me parezca ajeno, distante, efímero. Hasta que seas un extraño para mi. Y quizá de esta forma, poder escribirle en algún momento, un punto final a esta historia que parece infinita.

Razones

Cojo este pequeño pedazo de papel, me tumbo en el sillón jugando la pluma entre mis dedos. Tengo fijos los ojos en el espacio blanco de la hoja, y lo miro como si fuese una fotografía tuya.  Quiero dejar de lado los momentos tan felices compartidos y, ponerme a escribir sobre los otros, esos momentos grises que la memoria esconde, que el sentimiento no quiere ver, pero que la razón conoce.

Encuentro 35 razones y 15 pretextos para odiarte. Los debería tener siempre presentes, tan claros como en este momento. Me incorporo, me siento frente al escritorio, con la pluma ávida de escribir. Dibujo las viñetas en el margen izquierdo, quiero enumerarlas todas, que no se quede ninguna atorada u olvidada entre mi razón y la tinta. He escrito apenas dos, me detengo, respiro profundo, las vuelvo a leer. Juego nuevamente con la pluma entre los dedos. Y sonrío estúpidamente ante ese pequeño e insignificante papel.  Caigo en cuenta que, ninguna de esas dos, las odio en verdad. Pues lo más odioso de ti, me parecía divertido, aprendí a amarte con tu lado A y con tu lado B.

Seguir con la lista es inútil. Claudicó este proyecto. Tiro el papel sobre el pequeño bote de basura de mimbre que está a mis pies. Si, ese, el que tu me regalaste porque odiabas como se veía en tu apartamento. Un nuevo ataque de risa me devuelve a ese instante.

Incapaz de escribir nada esta noche. Dirijo mis pies hasta el dormitorio. Me meto el viejo pijama que compartía contigo. Y me entrego a la suavidad de las sábanas recién lavadas. Ya con los ojos cerrados estoy apunto de apagar el último de tus recuerdos para quizá buscarte en alguno de mis sueños. Entonces, brinca mi cuerpo, los ojos se abren camino entre los parpados, y mirando al techo, siento como se retuerce mi estómago, el pensamiento pasa de blanco a gris, de gris a negro profundo.

Te hablo como si te tuviera enfrente, con toda mi rabia, con dolor, con tristeza. –¡Te odio! Si, eso es lo que siento por ti ahora. ¡ODIO! Te odio porque me dejaste con lo peor de ti. Tu ausencia. Te marchaste.

En las maletas llevabas tu ropa, las fotos, la bufanda que te regalé en navidad, las llaves de tu apartamento. Dejaste sobre la mesa las llaves del mio, con el viejo llavero que nos encontramos en la playa. Pero lo peor, lo peor no fue eso. Dejaste en la puerta tu tan pesada y burlona ¡inexistencia!.  Te odio por no estar conmigo hoy, por dejarme  sentir tu espacio vacío. Por dejar tantos momentos colgados entre los muros y mis recuerdos, que no hay espacio para los de nadie más.

«¡Cómo es la vida! ¡Qué cruel, qué paradójica! ¡Qué imprevisible! ¡Y a veces, qué justa!«

La flor de mi secreto. Almodóvar (1995)

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