Bruno Bichir

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DE PASEO POR EL CELULOIDE

El día menos pensado te vas a perder en tus pensamientos, dijo mi madre mientras cerraba la puerta al salir de mi habitación. Todas las tardes, esperaba con ansia el atardecer, tenía una libreta donde anotaba los detalles de cada puesta de sol. Si había viento, si llovía, si los árboles habían crecido, si todavía paseaba por el jardín alguna luciérnaga perdida en la ciudad. Pero lo que me hipnotizaba era mirar ese conejo en la luna, descubrir si vivía ahí solo, o quién lo había encerrado en esa esfera blanca.

Pero de esos días hasta hoy, ha pasado mucho tiempo, ya no soy más esa adolescente enamorada del amor, en busca de historias románticas, de libros que hablen de esperanza, esos amorosos fantasmas se han ido diluyendo al paso de mis realidades.

Poco o casi menos que nada, queda de aquellos recuerdos primarios. Después de esa guerra interna, entre lo que se esperaba de mi, y lo que yo quería hacer de mi vida, me dejara tanta devastación, heridas profundas, y lastimosos recuerdos, me ha tocado viajar por ciudades oscuras, donde el frío cala hasta los huesos, cansada de estar sin noticias de Dios, envuelta en hastío, desolación y tristeza.

No ha sido fácil levantarme de nuevo, pero ya estoy de pie. No tengo prisa en seguir andando, me doy permiso de encontrar el equilibrio en este sitio. Voy dejando que el peso se reparta, que mis caderas se enderecen, que las rodillas se sientan seguras, que los tobillos no carguen todo el peso, y que las plantas de los pies se asienten en armonía con el suelo. Yo no diría que ha sido un año perdido, pues esta vez he aprendido, que no sólo es importante levantarte ante cualquier caída, pues mientras haya vida tendrá que ponerse a prueba la voluntad de vivirla. Ahora también sé, que todo tiene un tiempo, que detrás de un rojo amanecer, nos espera un nuevo día, donde puede haber algunas nubes, e incluso la posibilidad de ver que llueve otra vez, pero nada es permanente, todo cambia, sólo hay que saber esperar.

Y desde esta pequeña mesa, en medio del Jardín de Edén, rodeada de plantas y flores, es que voy escribiendo estas notas. En hojas sueltas, sin importar el orden. Pues los recuerdos como las memorias se cuentan de esa forma, como van reapareciendo, como les da la gana ser contadas.

En esta crónica de un desayuno cualquiera, donde se antoja que sea muy singular, pues nuestra platica será tan placentera, como lo es ahora mismo, y todavía no estás aquí. Pues casi puedo escuchar como gritas mi nombre desde la playa: -Mariana, Mariana-, y te veo feliz correr hasta mi. Y te sientas, justo en esa silla de madera, con los pies descalzos que van dibujando círculos en la arena. Bebes dos sorbos de café, y después de regresar la taza, tu mano alcanza la mía sobre la mesa. Bajo el fuego de tu mirada, mis ojos se encuentran con los tuyos, y ya no decimos nada, el silencio va y viene entre nosotros, pero es evidente que hay un dialogo entre tu alma y la mía.

Al terminar, ya no somos dos extraños, que comulgan con el evangelio de las maravillas, ahora somos dos personas, que comparten sus sueños, que se guardan secretos, que caminan mano a mano, hombro a hombro. Estamos en Katuwira, donde nacen y mueren los sueños, no es coincidencia ni es azar, es el destino que nos tenía preparado este encuentro en este preciso lugar, en este tiempo que es el correcto. Nada de lo vivido antes fue innecesario, todo tiene que ver con lo que haremos ahora. Sabemos mostrar nuestras heridas, como señales del camino donde el otro no puede pisar. Confiamos, pero no a ciegas, sino desde la conciencia que corresponde a la responsabilidad de nuestros propios pasos.

No ha sido un golpe de suerte vivir una luna de miel al cuarto menguante, pues yo desde siempre, desde que era una niña, y espiaba a la luna, me imaginaba caminando contigo, por este callejón de los milagros

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