
Se escucha el crujir de las gastadas estructuras en esta habitación. La ausencia del viento se deja sentir, todo a fuera está en lúgubre calma.
En la chimenea sólo hay nieve, y llueve en la habitación. Hay velas encendidas que revelan sombras atrapadas, esas que no pudieron escapar, que no se han querido marchar.
Los minutos caminan de prisa, van recorriendo cada rincón de puntillas, pero las horas en agonía, se van muriendo lentamente, dejando un penetrante dolor sobre la alfombra roída.
Una voz se resiste a salir, se esconde miedosa, es incapaz de enfrentarse a la furia del silencio que la ausencia dejó.
En el escritorio se ha empezado a escribir una lista de todas las cosas destinadas al olvido, aparecen remarcadas aquellas que contienen alguna emoción.
Las paredes se humedecen, el tapiz desprendido dibuja escenas de días felices que en otro tiempo impregnaron la risa en él.
Hay una ventana rota, un pequeño gato maúlla como entonando una triste canción. Se sienta frente al espejo, que no muestra nada de lo que es ahora, se ha quedado suspendido un viejo recuerdo que se aferra a vivir aunque la ilusión se haya ido.
«Hay fantasmas que respiran… acepto que el tuyo me acompaña, porque yo así lo quiero. Aunque sienta que me ahogas, que de a poco tu me matas, de alguna forma se me olvida que tus brazos ya no me abrazan…» Fantasmas que respiran. / Mònic Soto


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