El pájaro que rompió el cielo

No le puedo ofrecer un cielo abierto a quien ama su jaula

Un pájaro estaba en su jaula, aburrido de vivir en ese espacio tan pequeño, comenzó a picar el borde de la puerta. Todos los días un poco más. Hasta que logró abrirla. Cuando sintió la libertad tan cerca se asustó y se alejó de la puerta.

Esa noche, durmió en el otro extremo de la jaula. Un rayito de sol de amanecer le acarició la cara, despertó y vio que le habían dejado en su plato, los trocitos de manzana que tanto le gustaban. Comió y se dio un baño, muy alegre el pajarito en su cacharrito de agua.

Por un instante, algo llamó su atención, volteó con cuidado, y observó que la puerta de la jaula estaba completamente abierta. Un cielo abierto lo esperaba.

Decidió salir. El vértigo de la libertad al borde de la puerta, le hicieron dudar si todavía sabría usar sus alas. Un viento ligero lo alentó, y al sentirse libre, pudo volar.
Extendió sus alas, lucían realmente hermosas sobre el lienzo azulado del cielo.

Sin notarlo, fue el viento del cielo quien lo acompañaba y lo sostenía en sus primeras vueltas.

El pájaro fue feliz. Y comenzó a cantar al oído del cielo. El cielo se enamoró del pájaro, así que extendió sus dedos de brisa y comenzó a acariciarle con suavidad las plumas. Al pájaro le agradó tanto esa sensación, que le pidió al cielo que lo abrazara. El cielo, conteniendo la lluvia de las nubes para no llorar, le explicó que él no tiene brazos, por eso no lo podía sujetar, pero en cambio le ofrecía sus dedos de aire para acariciarle las plumas, sus cabellos de ráfagas para viajar en ellas por todo el mundo, y sus nubes de algodón para jugar.

El pájaro voló esa tarde con tanto placer, que hizo suyo el cielo.

Antes de caer la noche, el pájaro le dijo al cielo que necesitaba descansar. El cielo se abrió para que el pájaro pueda escoger el árbol en que desearía hacerlo. Él seleccionó el viejo sauce. Entonces lo acompañó hasta una de las ramas, y en su camino fue pintando un manto estrellas para arroparlo. Mientras el pájaro conciliaba el sueño, el cielo con apenas un aire tibio y ligero, movió las ramas que colgaban del sauce, y el suave ir y venir de las lianas generaban un sutil sonido, muy parecido a la melodía que produce un arpa.

En cuanto el pájaro se quedó dormido, el cielo se sacudió. Quería alejar de ahí todas sus nubes negras. Fue a recoger semillas al campo, y le trajo el olor de las flores y el agua.

A la mañana siguiente, el pájaro se sorprendió de la inmensidad del paisaje, ahora que ya era libre todo le parecía increíble. Emprendió el vuelo de nuevo, para seguir conversando con el cielo. Se le ocurrió preguntarle, porqué cuando estaba en la jaula, el viento que sentía era frío. El cielo con una sonrisa le explicó:

-En esa jaula, estás muy abajo de mi, son mis pies el viento que te toca, por eso están fríos. Si te ayudé a salir de la jaula, es para que pudieras volar por lo alto, y descubrir lo cálido de mi corazón.

El pájaro estaba muy contento de poder usar sus alas y volar. Podía ir a donde quisiera, el cielo era suyo. Escoger que comer, donde dormir, y jugar con las nubes. Cantar y sentir como el cielo amplificaba sus notas y las hacía resonar por todo el valle. Pero había algo que le preocupa, que no podía comprender. En la jaula tenía asegurada su comida y se sentía resguardado de la lluvia, los barrotes de la jaula lo abrazaban y eso le hacía sentirse contenido.

Sin decirle nada al cielo, el pájaro decidió volar hasta la jaula y cerrar la puerta a su llegada. Guardo sus alas, cerró los ojos tratando de ignorar al cielo que lo miraba desconcertado desde afuera.

Esa noche el cielo lloró con una torrencial lluvia inconsolable, cada trueno era un sollozo y una suplica. Quería saber que lo había hecho cambiar de opinión. Se escuchaba el viento como un lamento. El pájaro se resguardado en su jaula, sólo se limitó a ignorarlo.

A la mañana siguiente, el cielo amaneció gris y cansado de haber llovido tanto. No tenía fuerzas para mover las nubes, y sólo se podía sentir una brisa suave que avanzaba lenta sobre las calles. Así comenzó el invierno del cielo.

Todos los días el cielo se dedicó a mirar al pájaro a través de la jaula. El pájaro observaba desde adentro, todo lo que él cielo le mostraba. El cielo le llevó un arcoíris, un concierto de pequeñas campanas que suenan al pasar del viento, un cuadro de hojas secas que bailan dentro de un remolino. Pero el pájaro jamás volvió a cantar y se quedo sin cielo.

“Pero eso sí, y en esto soy irreductible, no les perdono bajo ningún pretexto, que no sepan volar. Si no saben volar pierden el tiempo conmigo.” -El lado Oscuro del Corazón

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