Me sentaba y sentía la temperatura del asiento debajo de mis piernas desnudas. Caminaba hacia atrás, los últimos pasos me costaban un poco más de esfuerzo porque los tenía que hacer sobre las puntitas de los pies; Después alzaba los pies y me dejaba mecer.
Llevando el pecho abierto cada vez que iba la frente, recogiendo el pecho en forma de caparazón cada vez que volvía atrás. A veces, si alguno de mis padres estaba cerca, les pedía que me empujarán con fuerza para poder llegar más alto.
Mi reto al final de la tarde era poder soltarme del columpio y brincar fuera de él aun en movimiento. Era una mezcla de miedo, incertidumbre y adrenalina.
Recordando los detalles de todas esas sensaciones y emocionales que experimentaba cada vez que de pequeña me subía a columpio, fue que caí en cuenta que eso significa para mi la vida.
Necesitas de las adversidades, de hacer un esfuerzo que te lleva hacia atrás para recoger la fuerza que te impulsará hacia el éxtasis para sentir que vuelas, disfrutar del aire que acaricia tu cara, te tira el cabello hacia atrás dejando tus mejillas libres para sonreír o tomar un poco de ese aire para dar un grito de alegría.
El columpio como la vida es ese balance entre retroceder con el pecho cerrado para recobrar fuerza o energía para después ir hacia adelante con el pecho abierto y llenarte de alegría.
Hay que disfrutar de ese vaivén, no se puede estar siempre hacia enfrente, y cuando vas hacia atrás sabes que entre más impulso tomes avanzarás más.
Soltarse en el vuelo da miedo, pero te lastimas si te aferras sujetando las cadenas, así que debes confiar en ti, en tu instinto que te prepara para saltar.
Y otras veces, quizá no te sientes lo suficientemente seguro para saltar, así que también está la opción de bajar los pies a la tierra e ir frenando hasta sentirte seguro de poder soltar el columpio.
Cada vivencia es una tarde de columpio, no puede ser infinita, pero mientras estás ahí balanceándote no piensas en cuándo va a terminar, solo estás disfrutando del columpio.


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