Estamos aquí, en el café de siempre, pero hoy por primera vez, en todo el tiempo que llevamos juntos, estamos discutiendo tranquilamente, no hay muecas, no hay descalificaciones, los reproches no han surgido.
Él está hablando, es la primera vez que le oigo decir las cosas en primera persona, sus palabras parecen sinceras, su mirada está relajada, y sé que está haciendo un enorme esfuerzo por explicarme lo que siente. Sin embargo, hace cinco minutos que dejé de escucharlo, de ponerle atención. Mi mente empezó por concentrarse en sus gestos y movimientos, ahora mi pensamiento está viajando aún más lejos, ya no está ni en este tiempo, ni en esta mesa.
Mentalmente he viajado al pasado, a esos primeros días cuando a penas nos conocimos, donde soñaba o fantaseaba en cómo sería nuestra vida en un determinado tiempo. Es obvio que nunca imaginé los días como han sido en este último periodo. Por el contrario, pensaba en tardes de lluvia leyendo, compartiendo el café. Días sentados en el pasto yo tejiendo mientras el dibuja en su pequeña libreta. Leerle algunos textos de nuevos autores, noches preparando la cena y platicando sobre música.
Ahora pienso que, nada de esto que imaginé con tanta claridad, sucedió.
¿Será que he sido yo quien no hizo nada para que esos momentos ocurrieran? Claro que no todo ha sido peleas y desacuerdos, hemos tenido muy buenos momentos juntos, pero aún me queda la duda del porque no logré concretar esos sueños, esos momentos felices que varias veces soñé compartir con él.
Me pregunto si fui yo quien no los construyó, quién los dejó escapar. Estoy tan concentrada en mi dialogo interno, haciendo una selección de fotografías mentales, entre lo que esperaba y lo que hemos estado viviendo, que he dejado de escuchar lo que me dice.
En muchas ocasiones le pedí que buscáramos la forma de hablar de nuestras diferencias de forma tranquila, abiertos a escuchar y a entender más que a defender nuestros puntos de vista. Justo como hoy está ocurriendo, pero ha dejado de interesarme lo que me está diciendo. Solo lo observo sentado frente a mí, a penas lo reconozco, lo percibo como si fuese otra persona, alguien desconocido.
Interrumpe mis pensamientos, mi dialogo interno con una pregunta que a penas y puedo reconocer que me la ha hecho a mí, me quedo callada, estoy tratando de entender lo que me ha preguntado, como si no habláramos el mismo idioma, como si fuera un completo extraño peguntándome algo de improviso. Lo miro a los ojos, recorro su rostro con la mirada, mis manos siguen entrelazadas apoyadas sobre la mesa, mi mirada se frena justo al dar con ellas. Sin aviso, encuentro la respuesta en mi mente, me llevo las manos a la cara, como tratando de ocultar mis pensamientos que poco tienen que ver con la pregunta que me ha hecho. Tengo los ojos cerrados, no quiero ser descubierta, siento que se me nota en todo, que soy transparente, cualquier lo puede ver, que lo que estoy pensando es muy evidente.
Me he dado cuenta de que este hombre que está frente a mí, tratando por primera vez de llegar a acuerdos conmigo, en los tres años que llevamos juntos, ahora, justo a partir de este momento nada de lo que dice me interesa, ya no siento nada por él. No me inspira nada, no me mueve en ningún sentido. No hay molestia alguna, no hay cariño pero tampoco siento desamor. Sólo hay nada.
Alejo muy despacio las manos de mi rostro, aún no sé si seré capaz de sostenerle la mirada, y apenas me encuentro con sus ojos, su voz en un tono suave me dice: – habla conmigo, es importante para mí saber lo que piensas, aprender a escuchar tus sentimientos. – En ese momento, el piso desaparece debajo de mis pies. Me he quedado muda, no es que no sepa que decir, es que no tengo nada que decir. Trato de encontrar un sentimiento, pero no hay tristeza, no hay enojo, no hay alegría tampoco.
Me quiero parar de ahí, despedirme como si fuese alguien que acabo de conocer por casualidad, seguir mi vida como si esto no estuviera pasando. Pero sé que no lo puedo hacer así, que le debo una respuesta, que necesito concluir esta historia. Cuando estoy a punto de decir algo; mi mente nuevamente se adelanta, y me pregunta – ¿qué harás después? ¿Después? ¿Cuándo? – (continua mi dialogo interno). – Después de ser sincera y decir que ya no quieres esta relación, que se acabó. –
Súbitamente caigo en cuenta que hemos venido a este café en las bicicletas, y que además, vivimos juntos. Sin contar que ya son cerca de las nueve de la noche y eventualmente habrá que volver a ese lugar donde hay cosas de los dos, donde cada uno trajo una parte de su mundo, donde también hay objetos que no tienen dueño.
Mientras mi mente construye mapas y diagramas de posibles escenarios para lo que ocurrirá más tarde, no me he dado cuenta de que mi boca sigue sellada, ni siquiera noté cuando él envolvió mi mano entre las suyas. No sé si quitarla, o dejarla ahí, para mi todo el tiempo que transcurre es tan rápido, para él es casi una eternidad mi silencio, me lo dice la angustia en sus ojos. En ese momento se me parte el alma, me siento miserable por no sentir nada.
Me decido a hablar, respiro profundo, con suavidad retiro mi mano, la llevo hasta la cabeza como haciéndome una cola en el cabello. Estoy convencida de que debo ser sincera, que debo decirle que ya no siento amor por él, que la relación para mí ya no tiene futuro, que sería un error continuar. El discurso se va formando palabra por palabra en mi mente, todo luce tan claro, fuerte y quizá un poco frío, pero sobre todo honesto. Cuando me decido hablar lo único que sale de mi boca es “Se acabo”.
En ese instante, veo como sus ojos cambian poco a poco, de alguien que buscaba el entendimiento, al enojo personificado. Y regresamos a nuestras típicas escenas, las discusiones que siempre tuvimos, las descalificaciones, los señalamientos, los juicios, la desesperación, la intolerancia, la justificación.
Pero yo, ya me he puesto en pie, lo oigo hablar, lo miro, como si estuviera detrás de un cristal, como un simple espectador. En verdad, ya no me provoca nada, ni pelar, ni reír, ni llorar, ni defender mi punto de vista, ni aclarar por enésima vez que jamás vi la playera azul que tenía un parche en el costado, que no tengo la menor idea ni del tono de azul, que aun cuando la hubiese visto, no me desharía de ella solo porque el hecho de que se la haya regalado su ex.
Creo que en el fondo, este tema le servía de excusa para experimentar con mis emociones, siempre quiso saber si en algún grado me sentía celosa. Entonces me distraigo pensando si ese habrá sido un defecto mío, la falta de celos. ¿Es demasiada confianza en el otro, o sobrada seguridad en mí misma? ¿Será necesario para que una relación funcione, mostrar un poco de celos en ocasiones? Y si en verdad no los siento, ¿Se vale fingirlos en pro de la relación?
Me doy cuenta de que nuevamente me he alejado mentalmente de la conversación, al grado que no he visto cuando ha pagado la cuenta, ahora me está señalando de mala gana que es hora de tomar las bicis y regresar al departamento. Asiento con la cabeza alzando los hombros. Me pongo sin prisa la sudadera, cuando salgo del café, él ya ha desamarrado las cadenas de las bicicletas, me alcanza mi casco, rápidamente se pone el suyo.
Me monto en la bici, comienzo a pedalear muy despacio. Por primera vez en dos años, presto atención a todos los árboles que hay en el camino que va del café al condominio. Veo los colores de las ventanas y el tipo de cortinas de todos los departamentos que van apareciendo a nuestro paso. Un perro callejero comienza a caminar a lado de mi bicicleta, y me hace sonreír. Sin más, el perro se distrae y se queda atrás. Ya casi llegamos al departamento, ninguno de los dos ha dicho nada, no tengo ni idea de lo que va a ocurrir cuando estemos nuevamente dentro de esas paredes que encierran tanto de nuestra vida juntos.
Dejamos las bicis en la cochera, como un día cualquiera caminamos juntos a esperar el ascensor. Está en el quinto piso según marca el indicador. Sin darnos cuenta, se nos ha unido a la espera nuestro vecino. Vive con su esposa en el departamento al final de corredor, justo en el mismo piso que nosotros. Su hermano es quien nos renta el departamento. Lo conocimos porque trabaja en la misma oficina que mi padre, y así fue como dimos con este departamento.
Varias veces hemos estado en su departamento. En ocasiones nos reuníamos con ellos porque su esposa era la administradora del edificio.
El ascensor está tardando demasiado, el silencio pasa de ser incomodo a aplastante.
Al fin llega el ascensor, son solo tres pisos los que debemos subir, pero el tiempo se hace eterno. Se abre la puerta, nos despedimos sin mayor afán y nos dirigimos a nuestro departamento. Cuelgo mi casco como siempre del perchero que está de tras de la puerta de entrada. Él deja las llaves y las monedas sobre una pequeña cajita de origami que yo hice para él hace tiempo cuando nos conocimos.
Veo que se dirige al baño, en poco tiempo escucho caer el agua de la regadera. Me meto a la cocina, veo el cesto de la ropa sucia que me espera para meterla en la lavadora. Hemos regresado a casa, tal parece que lo que ha ocurrido antes, se borró. No hay diferencia con cualquier otro domingo anterior. Así que meto rápidamente la ropa en la lavadora, y voy al dormitorio a preparar mi ropa para el día siguiente.
Mañana lunes, tengo una entrevista en una nueva editorial. Aunque estudié finanzas, lo que más me gusta hacer en la vida es escribir. Hace cuatro años renuncié a mi último trabajo fijo, y decidí acercarme a diferentes editoriales, para ofrecer mis servicios de escritora. Hoy en día, escribo principalmente para tres revistas. En una hago reseñas de hoteles, restaurantes, y cosas así. Algunos de esos sitios en verdad los conozco, otros solo he estado ahí por medio de internet. Me gusta mucho mi trabajo, sobre todo porque yo establezco mis horarios. Gano mucho menos de lo que ganaba anteriormente, pero me alcanza perfectamente para el tipo de vida que me gusta.
Revisando mi ropa me viene el recuerdo de que hace tiempo cuando mis padres decidieron irse a vivir fuera de la ciudad les ayudé con la mudanza. Una de mis amigas me prestó su camioneta y manejé yo sola sin saber bien como llegar a la nueva casa de mis padres. Me encanta manejar en carretera, y sobre todo escuchando música.
En aquella ocasión, iba escuchando un nuevo disco de Cyrille Aimée, iba tan concentrada en la música, que me distraje y tomé una salida equivocada. Llegué a otro poblado. Cuando me di cuenta, me detuve en el centro, para pedir indicaciones de cómo regresar. Entre en una tienda muy chiquita, donde todo era de madera, la dependienta estaba ocupada atendiendo a otras personas, mientras esperé fui hurgando entre los closets que exhibían la ropa. Así fue como encontré un hermoso vestido de cuello alto con flores pintadas a mano. Cuando me acerqué nuevamente a la entrada para pagar el vestido, recordé que en realidad estaba ahí para preguntarle a la dependienta sobre como regresar al poblado anterior.
Desde aquel día, siempre había planeado ponerme ese vestido en un sin fin de ocasiones, pero al final siempre lo olvidaba o cambiaba de opinión. Así que, ya que lo encontré, decidí que mañana me lo podría para la entrevista. Saque mis suecos de madera rojos, y un pequeño bolso de mezclilla que iría muy bien con el vestido. Estaba acomodando mis cosas para la mañana siguiente, cuando él aparece recargado en el marco de la puerta de la recamara, trae el pijama puesto, y me pregunta si quiero cenar ensalada o pasta.
No entiendo nada de lo que está pasando, pero sin mayor explicación escojo la ensalada. Él siempre se encarga de hacer la comida los fines de semana, si es que comemos en casa. Se aleja de la recámara, escucho desde aquí, como empieza a mover los platos y a buscar las cosas en el refrigerador.
Escucho sonar el timbre de la lavadora, camino hasta la cocina en busca de la ropa mojada, para poder extenderla en la pequeña terraza exterior que tenemos en la parte trasera del departamento. Entonces viene a mi mente que, cuando venimos a conocer el departamento, esa pequeña terraza fue lo que más nos gustó a los dos. Planeábamos poner una pequeña mesa con unas sillas, unas macetas con hierbas de olor, unos cuantos bambús.
En una ocasión, me invitaron a conocer un nuevo hotel de San Francisco, él me acompañó. Recuerdo que en ese viaje compramos unas farolas de papel de colores en el barrio chino, las cuales pensábamos colocar en la terraza para poder pasar las noches del verano cenando ahí. No tengo idea de donde están guardadas esas farolas, y nuestra terraza sólo tiene líneas de piola que van de un lado a otro, a modo de tendedero.
Cuando regreso a la cocina, después de terminar de colgar toda la ropa. Él ha puesto la mesa y terminó de preparar la ensalada. Ha sacado las servilletas de tela, e incluso ha abierto una botella de vino. – ¿A caso hay algo que celebrar? ¿Por qué ha decido hoy hacer todo esto? –
Tomé mi lugar en la mesa, no hice comentario alguno. No tenía intención de halagar sus detalles a destiempo, pero tampoco quería hacerlo sentir mal. Sobre todo porque no quería iniciar una pelea más. Sólo deseaba poder hablar tranquilamente sobre como terminaríamos esta relación, enfrentar lo que viniera sin hacer aspavientos.
Sin preguntar me sirve un poco de vino. Doy un par de sorbos y comienzo a comerme la ensalada. Sabe desde siempre que odio los palmitos, esta ensalada está llena de ellos. Tampoco pienso mencionarlo, qué más da. La próxima vez, estaré preparando yo misma mi ensalada. Ahora la duda que circula en mi mente es si yo también hago cosas que él me ha dicho que le molestan. ¿Será que nunca nos hemos puesto atención? Que hemos hecho cosas sin que importe lo que al otro le guste o le moleste. ¿Será que deberíamos tener presente esos detalles, y conscientemente actuar en consecuencia?.
He estado comiendo la ensalada dejando de lado los palmitos, cuando alzo la vista, me encuentro con sus ojos. Y entonces comienza a hablarme. Me cuenta sobre el día tan pesado que le espera en la oficina mañana. Y mientras lo hace, coge mi mano, la acaricia suave y lentamente. De forma natural, la alza y me besa los nudillos. Voy buscando la manera de encontrar el sentido de lo que está sucediendo. Le he dicho una hora y media antes que lo nuestro se terminó. – ¿No me habrá entendido? ¿Habrá pensado que cuando dije “Se acabo”, me refería a la discusión? ¿Qué debo hacer ahora? ¿Será mejor dejar las cosas por esta noche así? Ninguno de los dos tiene un lugar a donde ir a esta hora. – Decido seguir sin decir más. Mañana después de la entrevista, comenzaré a buscar un nuevo departamento. Quizá así sea mejor, al menos para mí, tal vez para él también.
Terminamos de cenar, el sueño ha llegado hasta mis ojos, y sólo soy capaz de llevar los platos a la tarja, pero no me da la gana lavarlos ahora. Ya lo haré por la mañana. Apagamos la luz de la cocina, me sigue hasta nuestra habitación. Me ayuda a meterme a las cobijas, me da un beso en la frente, como hace mucho no lo hacía.
Siempre me parecieron muy hermosos sus besos en la frente. Recuerdo cuando al amanecer, los ocupaba a modo de despertador. Durante los primeros meses que empezamos a vivir en este apartamento, fui muy feliz de comenzar mis mañanas de esa forma. Creo habérselo mencionado en varias ocasiones, deseando que nunca lo dejara de hacer.
Se ha sentado en la orilla de la cama, me mira sin soltarme la mano. No soy capaz de decir nada, pues lo único que estoy sintiendo es una inmensa frustración que se coloca entre mi mente y mis sentimientos, ya nada de lo que ha pasado desde que regresamos a casa, ha logrado mover una sola fibra dentro de mí. Nada de lo que me está ofreciendo me interesa. Una pequeña luz de culpa se empieza a asomar dentro de mi. Le pido que me deje dormir mientras le digo “buenas noches”. Me volteo abrazándome a la almohada.
Entre sueños, escucho sonar un arpa. Cuando logro estar un poco más consciente, me doy cuenta de que es el timbre del despertador de mi teléfono. Me incorporo sobre la cama, de reojo veo que él aun duerme. Me levanto con mucho cuidado, camino de puntillas como si hullera de él rumbo a la regadera, cojo la ropa que me he de poner hoy para vestirme en el baño.
El agua caliente, hace que me aleje de mis pensamientos, solo estoy concentrada en el aroma del jabón, en la suavidad de la esponja que recorre mi cuerpo, en el lindo tono de piel que tienen mis hombros esta mañana. Es la primera vez que me visto en el baño, es un poco incomodo porque el vapor que aún queda en el ambiente hace que la ropa se me pegue al cuerpo. Mientras me levanto el cabello en un pequeño moño, empiezo a escuchar movimiento en la habitación. Yo sigo frente al espejo, pintándome los ojos. Estoy casi lista, he dejado los zapatos en la puerta, ya que siempre me los pongo antes de salir de casa. Disfruto mucho estar descalza.
Cuando salgo del baño, él está casi vestido, ha estirado las cobijas, me sonríe cuando me ve. Yo lo saludo con un gesto mientras me dirijo a la cocina. Ha puesto a hacer el café, me sorprendo porque ha lavado los platos de la cena de anoche. Le preparo el desayuno habitual, un par de huevos, pan tostado, y un poco de jitomate con aceite de oliva, pimienta y una pizca de sal. Cuando llega a la mesa, el desayuno está casi listo. Nos sentamos, y esta vez, no ha traído su teléfono, ni siquiera el periódico a la mesa. Todos estos cambios tan repentinos me confunden. Trato de actuar de manera natural, como si nuestra vida hubiese sido siempre de esta manera.
Comienzo a hablar de mis planes del día. Después de la entrevista, iré al centro de la ciudad a encontrarme con dos de mis amigas para comer. Hemos quedado desde hace más de tres semanas. Por la tarde quiero visitar la nueva tienda de muebles que han abierto un par de amigos mas. Interrumpe mi lista de actividades para decirme, – Como supongo que con ese vestido no usarás la bici el día de hoy, si necesitas que por la tarde pase a buscarte a algún sitio, avísame. Podríamos ir al cine esta noche. – (comienza mi dialogo interno) – ¿Qué? ¿Cómo se atreve a decirme las cosas así? ¿De qué habla? ¿De qué me perdí? – Hace tiempo que no vamos al cine, desde que compró, sin consultarme, la mega pantalla de cincuenta pulgadas, alta definición y super sonido, ¡no hemos ido al cine! Por más que se lo he pedido, termina diciéndome que por eso instaló todo ese equipo, bajo la frase de “ahora el cine ha venido a nuestra sala”. Todo esto me tiene muy aturdida, no sé qué pensar, y mucho menos que responder. Así que, lo único que le digo es: – Está bien, gracias. Te llamaré si necesito que pases por mí. –
En cuanto termino de desayunar, me levanto de la mesa, me dijo a la tarja a lavar los trastes, se acerca y me dice al oído – Deja que los lave yo, ve a terminar de alistar tus cosas. Te voy a llevar a la editorial. – Me da un beso en la mejilla, y sonríe. Me doy la vuelta y me dispongo a irme a lavar los dientes, entonces siento como me da una traviesa nalgada lo cual normalmente me gustaba y hoy me ha parecido una ofensa.
Casi nunca me subo a su auto. Me lo ofrece todo el tiempo pero desde que me compré la bicicleta, puedo desplazarme por la ciudad sin conflicto alguno. De hecho, es una manera de hacer ejercicio. Y para los trayectos que yo recorro, me es más cómodo y económico.
Enciendo la radio, la estación que generalmente tiene sintonizada es el noticiero local. Se que le gusta porque van dando el reporte del tráfico, y como una especie de juego, le gusta ir viendo que el GPS del auto este siempre actualizado, le marca los cortes a la circulación antes de que los escuche por el radio. Es un juego, y a mí a veces me parecía divertido también.
– ¿Nos vamos? – Me pregunta con una sonrisa, y salimos de la cochera. Hoy es un día soleado, se puede sentir esa brisa suave de los últimos días del verano. No tengo idea quien ha comenzado la conversación, pero estamos hablando, una plática banal pero muy entretenida. Estoy justo contando mi viejo chiste del ratón cuando siento que ha detenido la marcha del auto, se gira sobre el asiento mirándome fijamente a los ojos. Su actitud me cohibe y me sonrojo sin sentido, pierdo el hilo de la conversación, y lo único que se me ocurre es decir: – ¿Qué? – en tono de franca sorpresa, pone su mano sobre mi rodilla y me señala algo fuera del auto mientras dice: – Hemos llegado a su destino Madame. – Una risa ligera, nerviosa sin sentido me invade, cojo mi bolso del piso y salgo del auto. Una vez que estoy fuera me giro, prácticamente por inercia volteo a verlo, le tiro un beso con la mano y lo saludo.
Entro en el edificio de la editorial. Todo en este lugar es muy frío y en tonos de beige a blanco. Hay televisores por todos lados que trasmiten imágenes de agua en movimiento. La chica de la recepción es muy amable, y me saluda de forma familiar. Me llama por mi nombre, y me pregunta si me apetece tomar un café ahora mientras espero al editor de la revista, quien me va entrevistar.
Me encuentro en una linda sala de juntas, con un café cappuccino que huele delicioso, la recepcionista me ha regalado un montón de revistas para que las vaya conociendo en lo que espero. Las fotos de las revistas son espectaculares, los paisajes y los lugares que aparecen me hacen soñar con mis próximas vacaciones. Mi mente está de viaje en Maui cuando por la puerta que está delante de mí entra él, Román es un hombre alto, calculo que debe tener como 50 años. Se ve que acude al gimnasio regularmente, su manera de vestir es un tanto informal pero con un estilo muy agradable. Lleva el cabello muy corto, no considero que sea por cuestiones de calvicie. Cuando extiende la mano para saludarme, noto que lleva un pequeño tatuaje en la muñeca. Me pongo de pie, lo saludo, los dos sonreímos. Me hace una señal con el brazo invitándome a sentar nuevamente. Me siento muy cómoda, me agrada la vibra que me trasmite. Nuestra plática más que una entrevista es como una charla ligera entre amigos que se ponen al corriente después de algún tiempo de no verse. Creo que hemos congeniado. Sin duda, este es un lugar en donde me gustaría trabajar.
Nuestra charla ha tomado como una hora, ha quedado en enviarme los parámetros para mi primer artículo, el cual será de prueba, si les gusta y les funciona, podré trabajar con ellos en muchos otros proyectos. Quiero empezar inmediatamente, estoy muy emocionada, me entusiasma la idea de ver mis artículos en estas revistas ilustradas con fotos tan bellas. Román me ha mencionado que hay un presupuesto y convenios con los diferentes hoteles, por lo que me tocará hacer viajes para conocerlos. No he soltado un grito de emoción pero estoy segura de que se ha dado cuenta de lo mucho que me gustó esa noticia.
Está sonando mi móvil, es Andrea, una de mis amigas con las que me voy a encontrar para comer en el centro de la ciudad. Me dice que va un poco atrasada, se le ha ponchado la llanta del auto y ha tenido que esperar a que alguien la auxiliara. En cuanto termino la conversión, corro hacia la esquina, el autobús que me lleva al centro acaba de llegar. Hay un lugar desocupado junto a la ventana. Estoy tan contenta, que me dejo caer con un suspiro sobre el asiento. Saco de mi bolso un libro, me dispongo a leer. Es una historia policiaca que se desarrolla en Turquía, nunca he estado ahí, pero este libro es tan descriptivo que por momentos creo recordar los lugares que menciona.
Vuelve a sonar el móvil. Contesto pensando que es Andrea nuevamente, y una voz muy amorosa me pregunta: – ¿Cómo te fue en la entrevista nena? -. Mi sorpresa me hace dudar, despego el móvil de la oreja y echo un vistazo a la pantalla, es él. Jamás me ha llamado “nena”, es más, nunca me ha dicho ningún apodo amoroso, cuando no me dice por mi nombre, me llama “ratona”, porque un día pensó que así era como me había llamado una amiga de argentina, pero en realidad Silvina nos dice a todas “bombona”. Aún desconcertada por su actitud contesto un poco dudosa: – Bien, ha ido todo muy bien. – Me alegra por ti, ya pensaré en algo para celebrarlo – me contesta muy feliz y tranquilo. Le digo que le llamaré más tarde, termino la conversación de forma súbita.
Mi mente está tan revuelta, hay demasiados signos de interrogación circulando. Trato de regresar a mi lectura pero es imposible. No logro conectar una palabra con otra. He avanzado tres párrafos pero no entiendo nada de lo que he leído. Pongo el libro nuevamente dentro del bolso. Coloco el móvil en la función de vibrar, me distraigo hojeando una de las revistas que me han obsequiado. Los colores y las formas de las fotos logran relajarme un poco. Por suerte, estoy casi por llegar mi destino.
Cuando bajo del autobús, mi otra amiga, Marisa, está parada mirando el aparador de la tienda a un costado del restaurant donde hemos quedado. Nos saludamos efusivamente. Tengo dos semanas sin hablar con ella. Muero de ganas de contarle lo de mi nuevo trabajo, también quiero su consejo sobre mi relación de pareja. Decidimos sentarnos en la barra en lo que esperamos a Andrea para pedir mesa.
Veo en la cara de mi amiga una felicidad, como si quisiera gritarme algo, sus ojos son súper expresivos, sin temor a equivocarme sé que ansía poder empezar nuestra charla para revelarme ese secreto que la tiene tan contenta. Aprieta mis manos con las suyas y me sonríe todo el tiempo. Pedimos un par de tintos de verano, pero de último minuto ella cambia su bebida por un agua de frutas. He estado deseando estar con mis amigas para poder platicarles todo lo sucedido, desahogarme con ellas, poder liberar un poco de todo esto que me está ocurriendo. No me detuve nunca a pensar que tal vez ellas también vendrían a este encuentro en busca de sentirse escuchadas. Hasta ahora que noto a Marisa tan nerviosa, me percato de que no soy la única esperando turno para soltarlo todo.
Cuando por fin llegan las bebidas, dejamos de lado la plática trivial y sin trascendencia. Veo como toma aire en una respiración profunda, sin más preámbulo me suelta la noticia con todas sus letras: – ¡Estoy embarazada! -. ¡Boom! Mi cuerpo se paraliza, la abrazo porque las palabras ahora no me vienen a la boca. Emitimos pequeños gritos de emoción y comenzamos a reír sin sentido. No es la primera de mis amigas que va a ser mamá, pero justo nosotras tres, Andrea, Marisa y yo, somos las que hemos rebasado la frontera de los treinta y algo sin ser madres. No es que no lo deseáramos, pero por la razón que sea, no habíamos podido llegar a esta etapa.
Marisa y Antonio han estado juntos por más de diez años. Se casaron muy jóvenes, apenas acababan de terminar la Universidad. Dentro de su relación se han separado dos veces, pero nunca por más de tres meses. La verdad es que no entiendo mucho la raíz de sus problemas, al menos cuando convivimos con los dos juntos, se les ve felices y son muy amorosos entre ellos. En el grupo de amigos siempre se comenta que es claro que Antonio está muy enamorado de Marisa, siempre trata de complacerla y se expresa muy lindo de ella delante de quien sea. Aunque no dudo que mi amiga ame a su marido, la conozco desde hace muchos años, sé que su obsesión por el control y el orden de las cosas puede sacar de quicio a cualquiera.
Ahora se nos une Andrea, así que pedimos otra ronda de bebidas en lo que nos preparaban la mesa. Supongo que en parte fue el cansancio del pequeño percance automotriz, pero Andrea llora cuando Marisa le da la noticia. El tema del bebé, pensar en la decoración de la habitación, los posibles nombres e imaginar a quién de los dos se parecerá más, son el tema principal hasta que terminamos de comer. Una vez que nos trajeron el café, por antojo de Marisa compartimos un pastel enorme de chocolate, es que me atrevo a tocar el tema de mis problemas sentimentales.
Les voy contado todo lo que vivimos, desde la plática del café hasta el momento en que me llamó para preguntarme sobre la entrevista de hoy en la mañana. También les confieso mi sentir con respecto a toda esta situación y el hecho de que el amor por él se me había no sólo agotado, sino desaparecido, como si nunca hubiese estado ahí. Que necesito encontrar un departamento cuanto antes para mudarme y poner distancia. Que me siento segura y convencida con la decisión de separarme de él. Cuando les estoy contando la serie de detalles que ha tenido en estas últimas horas, ellas como si les estuviera hablando de una relación que inicia, suspiran y se limitan a exaltar el gran esfuerzo que está haciendo.
– ¡Pero yo no lo puedo aceptar! – Les digo cuando me preguntan por qué no trato de darle otra oportunidad. No se trata de él, ni de las razones que tenga para actuar como lo está haciendo. Ni siquiera es saber si en verdad ha cambiado o lo está haciendo porque sabe que le quiero dejar. Se trata de mí, de lo que yo siento, o más bien, de lo que ya no siento. Podría transformarse en el hombre más amoroso y comprensivo sobre el planeta, pero yo, ¿Qué hago yo?, ¿En qué cambia eso mis sentimientos? ¿Cómo me quito esta indiferencia de encima? ¿Cómo hago para volver a sentir amor por él? Me parece un tanto injusto. Cuando yo lo amaba, y deseaba poder llegar a estos acuerdos, él estaba demasiado distraído como para poner atención a mis necesidades dentro de la relación. Ahora que yo no quiero estar, él muestra interés y un cambio de actitud que no me esperaba, entonces yo, al parecer debo aceptar sin chistar.
Ni modo a veces la vida es así, a destiempo. Cuando unos quieren los otros no pueden y viceversa. Me queda claro que, terminar la relación, no será fácil. No solo por el hecho de que él está aparentando no darse cuenta de que ya terminó, sino porque nuestro círculo de amigos es el mismo, incluso desde antes de que fuésemos novios. Estoy acostumbrada a esta vida juntos, hay muchas cosas en las que dependo de él. No ha sido siempre así, tres años atrás, aunque era otro mi trabajo y por supuesto mi salario, rentaba un departamento, tenía un auto y muebles muy lindos. No veo porque ahora no podría volver a construir algo así.
En fin, la plática me ha dejado agotada, pensé que platicarlo con ellas me haría sentirme más tranquila y relajada, pero no, ahora la culpa, la extraña culpa, me ha empezado a coquetear, y me siento muy confundida. Mucho más que esta mañana. No lo quiero lastimar, pero tampoco puedo mentirme y fingir algo que no estoy sintiendo.
Entonces veo una oportunidad, regreso a modo de conclusión al tema de Marisa y su maternidad. Miro el reloj tratando de apresurar la despedida. El pretexto de tener que ir a visitar la nueva tienda de muebles de Dany y Carlos me viene perfecto. He quedado de hacerles unas fotos y escribir una pequeña reseña sobre la boutique para una revista local.
(Continuará…)


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