El viaje

Salí de la agencia de viajes muy ilusionada. Este viaje lo había deseado desde poco más de un año, por fin les podría revelar de que se trataba esa gran sorpresa. Me quería regalar la aventura de explorar con ellos los sitios que en tantos libros e historias visitamos.

Camino a casa, imaginé varios escenarios para entregarles los boletos. Pensé que una noticia tan importante no lo podía soltar entre un “¿ya hicieron la tarea?” y el “¿qué se les antoja que cenemos hoy?”.

Pasé por la librería, aquella donde frecuentemente iba con ellos a buscar libros para la escuela, y últimamente algunos más específicos de geografía. Todo comenzó cuando de tarea les pidieron investigar sobre los romanos. Venimos a esta misma librería, nos sentamos en el sofá grande de piel suave color café que está en el segundo piso. Entre los tres revisamos los libros para escoger los que fueran más útiles para la investigación.

Sentados ahí, comenzamos a imaginar como habría sido nuestra vida si hubiésemos nacido en Roma. Cada uno contó una parte de la historia. Poco a poco, como íbamos hojeando los libros, los tres agregábamos detalles a la historia, fue una tarde muy divertida e inolvidable.

Al final nos decidimos por un solo libro. Llegando a casa, entre tres nos pusimos a dibujar y a encontrar objetos que pudieran ayudar a que la investigación fuera lo más completa e ilustrativa. Nos divertimos tanto trabajando juntos que se nos pasó el tiempo volando. Estaban muy satisfechos con sus tareas. Ya en la noche, cuando llegó la hora de dormir, al pasar por su habitación los escuché que seguían inventando detalles sobre nuestra historia como romanos.

Al día siguiente los llevé al colegio, y no volvieron a casa sino hasta el viernes que pasé a buscarlos a la natación. Su papá les había comprado unos patines, así que tenían muchas ganas de llegar a casa para salir al parque a estrenarlos. Sin embargo, en el camino comenzó a tronar el cielo, a los pocos minutos una lluvia torrencial se hizo presente. 

Noté por el espejo retrovisor sus caras tristes, la ida al parque y los patines nuevos quedaban descartados. Estaba pensando en un plan alterno que les pudiera alegrar, cuando el mayor propuso: – ¿Y si vamos a librería para conocer Francia? – Me encantó la idea, llegamos y cada uno hizo su propia búsqueda de libros sobre Francia. Después, nos reunimos en el mismo sillón y comenzamos a contar la historia de nuestra vida en Francia. La tarde se pasó más rápido de lo planeado, y en esa ocasión no compramos ningún libro, pero al subirnos al auto, seguíamos hablando sobre como seríamos, hablaríamos y nos comportaríamos si fuésemos franceses.

Así comenzaron nuestros viajes por el mundo. De vez en cuando acudíamos a la librería en busca de nuevas aventuras. De ahí me surgió la idea de hacer un viaje, y recorrer físicamente esos lugares donde habíamos estado en nuestras historias.

Recuerdo el día, cuando el más pequeño se encerró por horas en la habitación, lo cual no me pareció raro, solía necesitar espacios y tiempos para estar solo incluso desde bebé. Más tarde, cuando les pedí que vinieran a preparar la mesa para merendar, lo vi salir de su habitación con una caja. No se me olvida la imagen de su sonrisa traviesa y sus ojitos llenos de luz.

Cuando estábamos los tres sentados a la mesa, nos dijo: – Les tengo una gran sorpresa -. Puso la caja sobre la mesa, y comenzó a abrirla sin dejar de mirar nuestros ojos de curiosidad y alegría. Saco de la caja un viejo frasco enorme de vidrio y algo parecido a un álbum de fotos.

Lo vi de pie ahí, frente a nosotros, tan emocionado, tan ilusionado con su sorpresa, que no me atreví a preguntar nada, dejé que fuera él misma quien nos explicara.

Tomó el frasco y lo puso en medio de la mesa, y dijo: – En este frasco, cada uno de nosotros irá poniendo las monedas que al final del día le queden en los bolsillos, no podemos sacar ni una moneda hasta que no juntemos el dinero suficiente para ir a conocer Europa. Pero eso no es todo. En este álbum, he escrito los nombres de los lugares y de las fotos que tenemos que hacernos en el viaje, cuando regresemos, las colocaremos en los espacios que corresponden, y tendremos nuestro propio libro de aventuras e historias. ¿Si o no es un gran plan?

No me acuerdo si contesté, pero evidentemente la idea me hacia mucha ilusión. Me pareció maravillosa su iniciativa, le di un gran abrazo y un par de lagrimas bajaron de mis ojos hasta llegar a su hombro. 

Desde ese día, comencé a poner mis monedas en el frasco, además de ahorrar dinero en una cuenta especial para ese viaje.

Por fin ese sueño se convertiría en realidad, tenía los boletos en mis manos, y la ilusión colgando en mi corazón, moría por ver sus caras cuando les dijera que ese verano estaríamos allá.

Recordando todo esto frente a la librería se me ocurrió una gran idea. Al llegar a casa, les sugerí que fueran a jugar al parque, por esta vez tenían permiso de volver hasta la hora de merendar, como era algo extraordinario, se alegraron y rápidamente tomaron camino al parque.

En cuanto salieron de casa, saqué todas las postales que compré, las colgué alrededor del comedor, cada una tenía un mensaje en referencia al lugar de la foto.  Finalmente, puse encima de cada plato, un boleto de avión. Coloque las maletas vacías en un costado. Quería que empezáramos a vivir nuestra gran aventura.

A pesar de que me tomó mucho tiempo montar todo eso en el comedor y además preparar la merienda, se me hizo eterno el tiempo que pasaron en el parque. Ansiaba que volvieran, quería ver sus caras felices, empezar a planear todo nuestro viaje.

Cuando volvieron, desde que cruzaron la puerta de entrada, su cara de asombro fue maravillosa, creo que en ese momento aún no sospechaban de que se trataba todo esto. Corrieron a lavarse las manos y la cara para venir a merendar.

Cuando se sentaron y vieron los boletos sobre los platos, comenzaron a brincar de alegría, se les veía tan contentos e ilusionados, que mi emoción creció y se me desbordó por los ojos.

Esa noche no dormimos bien ninguno de los tres, teníamos cosquillas en la panza de pensar en lo que ese viaje representaba.

A sólo un mes de que el fin de clases se acercara, y nuestro viaje se comenzara a materializar, el abuelo de los niños enfermó gravemente. Los niños comenzaron a angustiarse cada día que le viaje se acercaba. No querían estar lejos y que algo le ocurriera durante su ausencia. La verdad es que me partía el alma verles entre la espada y la pared.

Traté de cambiar las fechas del viaje, de acortar el tiempo del recorrido. Pero no fue posible. Así que, para no perder todo ese dinero, la única solución posible era que yo me fuera al viaje sin ellos. 

Me dolía en el alma irme así, lloré todas las noches hasta llegar el día de tomar el avión. Ver sus asientos vacíos me hizo dudar en si permanecer en el avión y comenzar el viaje sin ellos, o quedarme, renunciar yo también a esa aventura. No me di cuenta, pero cuando voltee ya estábamos en la pista a punto de despegar. 

Me fui sin ellos.

Los primeros días fueron muy duros, los extrañaba muchísimo. Una noche, ya en el hotel, recordé que había traído conmigo el álbum que hizo el más pequeño para este viaje. Decidí completarlo con todas las cosas que ellos planearon.

Comencé a escribir las historias como lo habíamos hechos siempre, imaginando lo que habríamos hecho juntos, los tres, en ese preciso momento. De esta forma el viaje se me hizo más llevadero, y al final si lo disfruté. Mis aventuras con ellos no se limitan a lo que vivimos, sino a todos los recuerdos que compartimos cuando imaginamos que podemos estar en muchos lugares que aún no visitamos.

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