Una noche más de sábado ha llegado, hoy es diferente porque tengo una reunión con gente que no conozco por eso no estoy convencida de ir. Estoy entre ir al cajón de las pijamas o tomar una ducha antes de salir. Paso frente al espejo del pasillo y me gusta mucho como luce mi cabello, parece que lo hubiera planchado en el salón. Así que lo tomaré como una señal para salir esta noche de casa.
Vivo fuera de la ciudad, cuando hago este trayecto colina abajo me gusta observar las luces de los autos y las casas. Me toma cuarenta minutos regularmente llegar al restaurante donde será la reunión de hoy. Dejo el auto estacionado frente al parque así camino un poco hasta la entrada del local.
Estoy parada en la puerta y una intensa luz en el cielo me estremece, unos pocos segundos después todos los que estamos aquí reaccionamos al trueno. Doy un paso titubeante hacia atrás, pierdo el equilibrio y aterrizo en la espalda de un chico que también estaba por entrar al restaurante.
Se gira y nos quedamos congelados por un momento, la chica de la entrada ha dicho mi nombre, pierdo la conexión y decido cruzar la puerta. Hasta el fondo del salón está la terraza, ahí es donde se llevaba acabo la fiesta.
Ningún rostro me resulta familiar, estoy esperando a que mi amiga aparezca y dejar de ser la única que no está platicando. Soy como una planta más, aquí de pie, entre la fuente y el templete para los músicos.
Me pongo a revisar mi móvil para matar el tiempo y evitar socializar de manera incómoda. Me pregunto en qué momento llegará, esto se se está volviendo muy incómodo. Decido encontrar una silla para no estar toda la noche de pie, así que voy repasando el lugar con la mirada hasta que me en encuentro nuevamente con los ojos del chico con el que choqué en la entrada.
No puedo apartar los ojos, y estoy sintiendo como una mueca sutil que pretende ser una sonrisa se empieza a formar en mi cara. ¡Ay no!, ahora viene caminando hacía mi, ¿qué voy a hacer? ¿qué le puedo decir? Estoy tan distraída que no he visto a mi amiga llegar, solo siento su inesperado abrazo para saludarme.
Sé que mi amiga me ha preguntado algo, pero sigo distraída tratando de entender hacía a dónde se dirigió el chico. Ahora ya hay más gente alrededor nuestro. Se han acercado a saludarnos, y también a comenzado a llover.
Todos los que estamos en la terraza nos vamos moviendo hacia el salón interior pero también la lluvia tiene prisa por empaparnos a todos. Más rayos y truenos se dejan ver y escuchar. La gente comienza a correr, se ha estrellado una de las ventanas y ahora en esa parte del salón también llueve. En menos de diez minutos hay agua por todas partes.
Estoy buscando alejarme de la ventana para no mojarme más, me encuentro con mi reflejo en uno de los espejos. Mi cabello está hecho un desastre y tengo el vestido pegado por el agua.
Decido irme de aquí, regresar a casa, a mi cama caliente y mi pijama seca. Al llegar a la puerta principal del restaurante siento un fuerte golpe en la espalda, volteo y ahora es él quien se ha estrellado contra mi. Se apresura a disculparse. Doy un paso hacia atrás, me pone nerviosa, tengo sus brazos tratando de llegar a mi espalda, me quiere sobar pero parece que me está abrazando.
Le tomo las manos esperando alejarlo, ahora tenemos las manos entrelazadas, él da un paso más hacia mi. Me dice al oido que lo siente, que no ha sido su intención lastimarme, que le gustaría disculparse invitándome a desayunar.
Estoy en shock. ¿De qué habla? Es de noche, ¿por qué me quiere invitar a desayunar? No lo conozco. Solo nos hemos tropezado un par de veces esta noche. No creo que sea una buena idea. Todo esto pasa por mi cabeza mientras en mi boca nace una estúpida sonrisa complaciente.
¡Ok, está bien! Pero será en otra ocasión ahora ya me tengo que ir. Le digo y sigo caminando de espaldas hacia la puerta tratando de soltarme de sus manos. Pone su móvil en mis manos, me pide que anote mi número. Estoy temblando de frío y de nervios, creo que si he escrito bien mi número. Le devuelvo el móvil, me doy la vuelta apresurando el paso, salgo del restaurante corriendo rumbo al auto. No me apura la lluvia, me preocupa que me esté siguiendo.
Ya estoy dentro, sentada aquí en el auto me siento segura como si hubiera llegado a casa. Estoy hecha un desastre. Prendo el auto, las luces y el radio para dirigirme a casa. Me parece que he tomado otra ruta, porque el trayecto se me ha hecho demasiado corto. Entro en casa con los zapatos en la mano, apenas cierro la puerta voy intentando desvestirme.
Me meto nuevamente a la ducha, solo dejo caer el agua caliente sobre mis hombros mientras sigo repasando todo lo que acaba de ocurrir. Ja, ja, ja ¡Qué loca! ¿por qué le has dado tus datos a un desconocido?, me cuestiono mientas envuelvo mi cabello en la toalla, camino al cajón de las pijamas.
Ya en la cama, tomo mi teléfono para enviarle un mensaje a mi amiga, con todo lo sucedido, no estoy segura de haberme despedido. Estoy escribiendo cuando aparece un mensaje de un número que no tengo registrado.
«Hola, acabo de reservar nuestra mesa para el desayuno en el restaurante junto al lago. ¿Te parece bien si paso por ti a las 9?»
¿Qué?, ¿sabe dónde vivo o se está haciendo el gracioso?, ¿por qué decidió sin preguntarme? ¡Está loco!, pero no puedo evitar reírme de todo lo que está pasando. Así que decido no contestarle y dejar el teléfono fuera de mi alcance.
Ya pasó una hora y sigo sin poder cerrar los ojos, mucho menos dormir. Estoy pensando en todo y en nada. No entiendo nada de lo que acabo de vivir. Es que no tiene sentido. Me paro de la cama, tomo el móvil, estoy con la pantalla abierta en su mensaje, no puedo decidir si contestar o no. Si decido contestar, ¿qué le diría?. Escribo y borro… estoy pensando hasta bloquear su número. En verdad no sé que hacer.
Sigo leyendo su mensaje, ahora entra una llamada, atiendo sin pensarlo. «¿Hola?» ¡Uy, no! ¿Es él? ¿Ahora que le digo? … ¡Hola! ¿Quién habla? -«Soy yo, quería asegurarme de que hubieras llegado bien a tu casa, y pedirte la dirección para pasar mañana a buscarte.» – Muchas gracias, llegué bien. Ya estaba por irme a dormir. No es necesario que pases por mi. Nos encontramos allá. -«¡Ah! Ok. Vale. Entonces si aceptas mi invitación. Te veo en unas horas, descansa.». Y colgó.
No me ha dado tiempo de pensar en nada. Ahora ya me voy a dormir. Tanto no tengo que contestar a su mensaje porque ya acepté sin pensar. A penas pongo la cabeza en la almohada y me vuelvo a cuestionar: ¿El hecho de que le hayas dicho que irás no quiere decir que tengas que hacerlo o si? Ni lo conoces. ¿estás segura que quieres ir? ¡Para! Ya hasta estás pensando en qué te vas a poner. ¡Uff! ¡Qué locura! ¡Duérmete ya!


Deja un comentario