Hace tiempo que no sé de ti. Recibí un par de mensajes tuyos pero los borré sin leer. Ya no me pica la ansiedad de mirar por el picaporte.
Por mi parte aprovecho estas líneas para decirte que agradezco tu intermitente presencia en mi vida. Me ha sido de gran apoyo para sanar una herida infantil de abandono. Aún trabajo en ella, poco a poco todo se va acomodando. Cada vez tengo más respuestas que preguntas.
Si tú no hubieras estado siempre atento a responder mis mensajes quizá hoy seguiría perdida en mi inseguridad. Todo en esta vida sucede para nuestra propia evolución, no siempre estamos abiertos a entender.
Se siente bien saber que hay alguien que sin estar físicamente está. Soltarte representaba ser yo quien te abandonara. Esta contradicción me hacía sentir culpable, y tampoco estaba lista para hacerlo.
Durante todos esos años no vi que me la pase abandonando tantos lugares, personas y situaciones que me hacían bien por miedo a que fueran finitos (¿qué en esta vida no lo es?) No disfruté nada por estar planeando la manera de huir.
Mi excelente manejo del desapego era más una ruta de escape que un acto de conciencia.
Agradezco enormemente que hayas sido tu mi maestro y acompañante en esta lección. Puedes estar seguro de que en todo el tiempo que estuvimos juntos como pareja, te amé profundamente, aunque de ti también huí. El sentimiento siempre estuvo pero no supe cómo entregarlo, entonces lo rompí, lo hice añicos y lo aventé al cielo. Lo lamento. Sé que te herí de muchas maneras aún cuando no era esa mi intención.
Ahora estoy feliz de irme de tu vida, y que abandones la mía. Espero no me lo tomes a mal, lo que quiero decir es que, el camino ahora para los dos será totalmente nuevo, sin pedacitos del pasado, con la vista hacia adelante.
¡Buen viaje!



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