Tenía tanto miedo de cogerme de tu mano, acercarme hasta ti y sentir el vacío del rechazo. Y si lograba sujetarme a tu mano, ¿qué pasaría? Había la posibilidad de que nos cortáramos, ambos parecíamos enteros pero, ¿y si por dentro estábamos igual de rotos? Todas estas dudas no eran sólo mías, escuchaba al silencio que había entre nosotros gritarlo.
Tener tu mano entre la mía podría habernos deshecho. Todo el dolor de viejos amores podrían surgir como filosos cuchillos y hacernos añicos.
No pensaba en la posibilidad de enamorarme de ti. ¿Cómo podría hacer para juntar tus pedazos cuando yo estaba quizá más rota? Era un acto muy arriesgado y con muy pocas posibilidades de éxito ante mis ojos.
Y sin darme cuenta pasó. Por sorpresa, sin planearlo, sin pensarlo, esa tarde iba de tu mano por la calle. Unos pasos más adelante, ya caminabas junto a mi, yo me sentí feliz, completamente protegida por tu abrazo. No sé si lo dije o sólo lo sentí, pero desde lo más profundo de mi ser nació claramente un: «te quiero». Todo lo que había extraviado, mi seguridad, las ganas de sentir, la energía creativa se reencontraron nuevamente en mi.


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