Cuando se lleva los pies desnudos, se escoge el camino para no hacerse daño. Proteger los pies al andar, puede funcionarles a los que no quieren ser parte de la vida, para mi, no es opción.
Me gusta sentir por donde voy, conectarme con la tierra, ver mis huellas sobre el camino. Incluso cuando por distracción piso una piedra, alguna espina, o vidrio, disfruto de ese instante, el dolor tan sutil que te dice que vas andando, que te recuerda que debes continuar, que no puedes detenerte.
Son las experiencias de esos momentos de dolor, las que te llevan a seleccionar mejor las brechas. Las que te mantienen alerta, las que también te roban momentos de mirar al cielo, por ir pendiente del suelo.
Así he estado yo, caminando con los ojos fijos en el siguiente paso. Buscando indicaciones de caminos llanos, planos y abiertos. Senderos sin piedras, sin obstáculos, cuidando mis pisadas.
Tan distraída del resto del mundo, sin voltear la mirada. En eso estaba, cuando comencé a seguir tus pasos. No para pisar por donde tu pasas, si no para descubrir por que caminas con tanta soltura, a donde te diriges, que guía tu mirada.
Me deje llevar, te fui observando. La fuerza de tus piernas, y las heridas que arrastras. Vas sin prisa, pero sin detener tu marcha. Me gusta la forma tan graciosa de cómo esquivas los obstáculos, das pequeños saltos, es tan agradable tu andar que me parece que por momentos tus pies bailan.
De a poco, me voy olvidando del camino, y te haces más presente en mi conciencia. Siento curiosidad por saber quien eres, de donde vienes, a donde te diriges. Subo la mirada, voy memorizando cada centímetro de tu piel, formando un mapa mental de tu ser. Por ahora, sólo tengo registrados tus pies, tus piernas, tu espalda, tu cuello y tu cabeza.
La emoción de descubrirte acelera mis pasos, cuando estoy por alcanzarte, frenas tu andar, y me extiendes tu mano. No he visto aún tu rostro, pero me cojo de ti, deposito ambas manos sobre la tuya. Me atraes contra tu cuerpo, puedo sentir lo cálido de tu abrazo, de cierta forma, puedo escuchar el latir de tu corazón. Reanudas tu marcha, yo te sigo, pero esta vez voy abrazada de ti.
Mi mirada está fija en el horizonte, estoy pensando en como romper el hielo y comenzar a hablarte, no se me ocurre nada. Suelto un leve suspiro, y tu voz empieza a ser audible. Me estás contestando todo sin que te haya preguntado nada. ¿Cómo lo has adivinado?
Yo, te dejo hablar, ni si quiera intento interrumpir tu relato en mi pensamiento. Mis oídos están abiertos a todo lo que me dices, y mi mente sólo esta concentrada en entenderte. Siento las vibraciones de tu cuerpo, cada vez que describes alguna emoción, triste o alegre, tu piel me deja sentirla a mi también. Me vuelvo empática con todo lo que estoy conociendo de ti.
No sé durante cuanto tiempo has estado hablando. Lo que sí, es que, he aprendido mucho sobre ti. Y la curiosidad de mirar tu cara me lleva a frenar mis pasos, ahora soy yo quien te hace girar, te tengo frente a mi, cara a cara, y puedo ver tu cabeza revuelta de problemas, pero tus mirada llena de esperanza.
Si, ha sido esa luz tan hermosa que se desprende de tus ojos, la que me ha ablandado el corazón. Subo mis brazos hasta colgarme de tu cuello, mis ojos no dejan de estar conectados con los tuyos. En un segundo, tus labios se encuentran con los míos, y un montón de palabras desaparecen, todo lo decimos con las sensaciones, con el tacto, con el olfato, con la lengua, con los dientes.
Tus manos se vuelven parte de mi cintura, mi cuerpo se alía con el tuyo. Nos hemos conectado. Sabemos que hay muchas cosas que no serán fáciles, que estamos llenos de heridas de aprendizajes pasados. Pero tu fuerza y mi voluntad se entienden. Ya no importa mirar el terreno, lo que no pierdo de vista, es tu mirar cuando nos vamos perdiendo por el camino.
Y vas haciendo fiestas en mis cabellos, y borrando el letrero de “remate” de mi alma. Te voy zurciendo la piel, tejemos nuevos abrigos de abrazos compartidos. Te escucho gritarme con las manos que me quieres, mi universo entero tiembla. Mi sonrisa se abre paso entre las comisuras de los labios.
No me has preguntado si me quiero quedar contigo, me has cogido la mano, y me llevas de paseo por el río de esta nueva vida. Pero ya entedí el mensaje. No se trata de permanecer unidos, aquí, en este momento; sino cada instante, vamos creciendo y avanzando juntos.


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