La costumbre

Aprendes a decir adiós, o por lo menos lo intentas. Sabes que, retener a ese ser que se quiere ir, es igual a que si no estuviera. Su ausencia es igual de dolorosa que su presencia vacía.

Cómo mirar unos ojos donde no aparece más tu reflejo iluminado. Entonces no te queda más que abrir las manos, y dejar que se vaya. Y con los ojos cerrados, igual ves como se va alejando.

Su cuerpo físico ya no está más junto a ti, es imposible retener el calor de su abrazo, el timbre de su voz en tu oído, el dulce tacto de sus dedos sobre las mejillas.

Un día, despiertas y su ausencia ya no te hace llorar, no puede arrancarte una lágrima más de los ojos, pero si te roba el aliento cada que tropiezas con algún recuerdo.

Porque hay presencias tan grandes, que la huella de ausencia que dejan tras de sí es aún mayor que ni lo ves, lo sientes. Es algo que te come, que te traga, que te envuelve que te hace caer en la melancolía más seguido de lo que en verdad reconoces.

Pero, ¿cómo hace uno para no volver a los sitios donde fuiste feliz?, si cuando estás de nuevo en ese lugar, lo primero que viene a ti es una sonrisa plena y sincera llena de bellos sentimientos ya experimentados. Aunque claro, después, como una enorme ola, te golpea la tristeza de lo que ya no es, de lo que no volverá a suceder jamás.

Aunque me he acostumbrado a vivir sin ti, a no verte, a ya no encontrarte ni siquiera por casualidad, también me he acostumbrado y de buena gana a que seas parte de mi equipaje. Como un pañuelo que nadie le da importancia, pero que uno guarda siempre con cariño.

«No logro acostumbrarme aún a ser adulto.
Sonríes en mis manos y no recuerdo:
¿por qué esas flores raras crecen en las aceras para ti?
Volveré a cogerlas, ¿sabes?
No me acostumbro a estar sin ti.»
-El último de la Fila

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