Mensaje

Todo mensaje requiere de un emisor y de un receptor. Pero, ¿qué hay de los mensajes que se guardan dentro de un botella? Yo tengo uno, lo he escrito ciento de veces. En ocasiones en tono melancólico, otras eufórico. Siempre lo coloco dentro de la botella. No he vuelto a aquella playa donde escribimos nuestros deseos en la arena, por eso la conservo bajo mi cama. No la he podido liberar.

En noches como esta, me da por sacar la carta, leerla, y escribir sobre ella pequeños cambios con el crayón rojo; ¿Lo recuerdas? sí, ese que es tan suave que pinta en la piel. Cuantas madrugadas jugamos a dejarnos mensajes escritos mientras el otro dormía. Ahora ya es casi diminuto, me cuesta trabajo escribir con él. He revuelto las tiendas de arte en busca de uno igual. Creo que ya me dí por vencida, no encontraré otro, ninguno puede tener tus dientes marcados en la madera, ninguno tiene borradas las letras misteriosamente formando una nueva palabra. A veces pienso, que cuando este crayón deje de pintar, dejaré de hacerle correcciones y notas a la carta que te escribo.

Ese papel desgastado, que aún no se rompe, no tiene ni siquiera un pequeño ahujero por donde pasar la luz. Está completo, un tanto arrugado, un tanto mojado, quizá de alguna lagrima que escribiendo te quise agregar, o quizá un poco de gotas del vino que en ocasiones me imagino compartir contigo. Pero sigue aquí, es la misma carta, quizá ya no es clara como al principio, quizá ahora es más sincera, o tal vez no.

Es sólo un pequeño trozo de papel, pero contiene tanto. Un poco de lo que fuí, un poco de lo que soy, un mucho de lo que te extraño. Si, lo sé. Cuando lo leas, será contradictorio, en una parte de pido que vuelvas, y en otra te agradezco que ya no estés más aquí. Pero así escribo yo, siempre soy sincera. El momento en el que escribo, no pongo más que lo que me dicta el sentimiento. En mis letras dirigidas a ti, jamás las razono, nunca me pogo a pensar si lo que escribo lo entenderas, o si será claro el mensaje.

Tanto, no tengo la certeza nunca de saber si un día volveré a la playa, si de volver a estar junto al mar, seré de capaz de desprenderme de esta carta, de esta botella que alberga mi último recuerdo de ti. Tampoco sé si al tirarla al mar la corriente será capaz de encontrarte para entregártela. Y quizá, aunque todo esto sucediera, nunca la leerías. Siempre almacenaste mis cartas sin leerlas.

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