El tiempo no siempre es medicina

En ocasiones ni el tiempo nos concede la medicina para esos dolores que no sólo se clavan en el corazón, sino que además se gravan en la piel.  Te van siguiendo silenciosamente,  como una sombra, incluso en la oscuridad más profunda se pueden ver.

Y si, hay días en que sonríes, con el tiempo vienen otros días felices; pero siempre habrá ese hueco, ese vacío que con nada se llena.  Un insustituible espacio que ocupa ese ser que puede que ni siquiera exista ya.

Hay un dolor inmenso, que sólo se experimenta cuando el amor más puro es quien te lo provoca. Irónico y absurdo es saber, que el mismo ser que te regaló una esperanza, es quien a moriscos, te arranca trozos de vida.

Porque nunca me  importó llevarte en silencio en mi vientre, porque no te esperaba, y ni siquiera conté días en el calendario. Sólo te encontré, me encontraste, nos salvamos por unos escasos días. Pero igual me dueles. La gente dice que nadie sabe lo que duele un hijo hasta que lo tienes; pero lo que no todos saben, es que quizá duela más entregarse a la perdida de un hijo sin tenerlo. A mi,  lo que me duele es haberte encontrado, abrazado, y soñado una vida a tu lado.

Me quema la culpa envuelta en duda. En cuanto supe de ti, me acobarde, me sentí perdida, al estar sola con tanta angustia, quizá te dañé… y por eso decidiste irte. Me escuece la culpa de pensar que te sentiste rechazado. Pero yo desde entonces te amo.

Me dueles siempre, y me dueles más en ese instante de cada día, en que me pregunto si, al verte partir,  se me ha partido la vida por siempre.

Deja un comentario