Llegaste a mi vida un día que no lo esperaba. Tenía ganas de conocerte, de ver si tus ojos eran cafés o más profundos. Quería conversar contigo y saber tus gustos. Te quedaste a mi lado cuando tu universo desapareció, no tuviste medio, y empezamos nuestra conversación. Hablamos en tu idioma, me llevaste a los años tiernos de mi infancia, abriste mi pensamiento, lo amasaste y lo hiciste flexible.
Me divierten mucho nuestras pláticas, todo es tan claro cuando lo dices, es tan lógico, que la supuesta realidad es la que parece no estar bien.
Todo el tiempo que paso contigo, te apoderas de mi cariño, desde que me tomas la mano, hasta cuando me pides que te cargue para dormir. Y esas sonrisas que te delatan mientras jugamos… esas mismas son las que me estremecen, curvan mis labios en correspondencia, y nace en mi la necesidad de quererte más.
¡Todo eso es maravilloso! Lo triste mi pequeño amigo, es lo que descubrí esta madrugada. Tu con tu ternura, inocencia y tus juegos me rescatas, me das alegrías que yo no conocía. Pero en cambio, cuando tu no estas bien, no puedo hacer nada.
Esa caja enorme que no podré atravesar… Me deja del otro lado de ti, donde sólo puedo observarte, desear que estés sano, pensar en tu risa contagiosa, imaginarme todo lo que nos queda por vivir juntos… Pero me quiebra la impotencia de no poderte abrazarte con mi reboso y decirte que todo estará bien, curarte y sanarme.
Pequeño niño, gracias por enseñarme una forma de amor que no conocía.
Esa sonrisa tuya es un verdadero tesoro.


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