Naufragio I

Sintiendo que los pulmones se hinchan, que me falta el aire, mis manos no avanzan, alzo la cabeza y puedo ver una luz fuera del agua, me cuesta trabajo mantener los ojos abiertos, me escose la sal la mirada. En cuanto más me acerco a la superficie, más pesan las ropas mojadas.

Esa primera bocanada de aire, es rápida, corta y agitada. Apenas puedo darme cuenta de lo que pasa. Por un instante siento la cabeza aún dentro del agua. Un ataque de tos que me llena la boca de agua y aire.

Poco a poco la respiración deja de ser agitada. Quisiera sentir el aire en todo mi cuerpo, pero el cansancio me impide moverme, a penas puedo mantenerme a flote. Miro a mi alrededor, el bote no está lejos, pero no puedo nadar hasta él en este momento. Tomará algún tiempo sentir que mi respiración se normaliza, recobrar la fuerza necesaria para moverme.

Respiro profundo. Va despertando mi conciencia, recojo los pies, la obscuridad del agua en lo profundo me altera. Quiero salir ya. El golpeteo de la marea en los odios me está empezando a enfadar. Aún no puedo mantener los ojos abiertos, el reflejo del sol sobre el mar me ciega. Pienso en la manera de no tener que volver a meter la cabeza al agua para nadar hasta el bote. Un momento más tarde, comienzo a moverme sobre la superficie, despacio, tratando de que la corriente me ayude, mi cuerpo entumido no responde.

Ya estoy junto al bote, no hay una soga que pueda jalar para subirme. Me tomo del borde estirando los brazos. No tengo fuerza para tirar el resto de mi cuerpo fuera del agua. Un repentino ataque de risa me invade. Mis dedos se han soltado, caigo y me hundo de nuevo.

La risa tonta encubre las ganas de llorar, la desesperación, el miedo. Tengo frío, estoy agotada, necesito salir del agua y el atardecer amenaza con dejarme a obscuras en medio de la nada. Entre más tiempo me quede en aquí adentro, más fuerza voy a necesitar para salir. La ropa se ha pegado a mi cuerpo, sería más difícil quitármela que tratar de subir al bote con ella.

Es el espíritu de sobrevivencia quien pone de nuevo mis dedos en el borde. Se sujetan con fuerza, siento como espinas que se clavan en cada dedo, como si estuviera apretando mis manos contra una superficie cubierta por pequeños trozos de vidrio. Las palmas de las manos también arden. Tomo un poco de aire, cierro los ojos, y el primer intento fallido me alcanza. Esta vez, no he soltado el bote. Me quedo colgada, y eso agudiza mi dolor en la yema de los dedos.

La marea comienza a burlarse de mi, mueve el bote y mi cuerpo a la deriva. Un nuevo intento llega, he logrado doblar la pierna derecha y apoyarla contra el bote, ha estado unos segundos fuera del agua. Pero aún no he logrado nada. El cansancio me pesa, me está cortando los dedos, me vuelvo a entregar al mar. La angustia me posee y la marea me estrella contra el bote conforme las olas intentan pasar.

El agotamiento es ahora también mental. Estoy en la delgada línea de entregarme a mi destino fatal o hacer un último esfuerzo. La mayor parte de mis pensamientos piensan que el momento final de mi vida está por llegar. Me coloco boca arriba, sin moverme, siento el viento frío que corre por la superficie del mar.

Al fondo, el sol se despide entregando sus últimos destellos de luz, yo apenas los distingo, me cuesta trabajo mantener los ojos abiertos, mi cabeza y mi cuerpo siguen golpeándose contra el bote. Sin fuerza de nada, a penas y de respirar, no siento ninguna de mis extremidades, y deseo tanto que al abrir los ojos, no sea más ese lugar, despertar, y no sentir la angustia de seguir viva, de tener que soportar una muerte lenta.

El oleaje empieza a ser más intenso, un golpe ciego en la cabeza, me provoca dejar esa posición y enderezarme de nuevo. Casi como un acto reflejo, coloco nuevamente mis manos en el borde del bote. Una enorme bola de enojo se acumula en el estómago, y con un fuerte grito tiro de los brazos, logro doblar las rodillas, las tengo contra mi pecho y el bote, prácticamente estoy fuera del agua, pero aún me falta mucho, la ropa mojada fuera del agua, pesa más que todo mi cansancio y mi rabia.

Siento una gran presión sobre la rodilla izquierda, pero no quiero soltar la posición, no quiero tocar el agua otra vez. Mi pierna se mueve, y el talón se engancha del borde también. Los brazos se sienten un poco menos pesados, el peso de mi cuerpo empapado y cansado se ha repartido. Un último esfuerzo del que soy apenas consciente, coloca todo mi ser dentro del bote. ¡Estoy dentro!. Doy vueltas por el piso, un fuerte golpe en la cabeza me frena, ya no oigo nada, no siento mi cuerpo, ni el viento, ni el frío ni siquiera el cansancio. Pierdo toda conciencia.

Deja un comentario